
Primero se anuda el corazón: un puntito chiquitito de algodón hilado que da origen al tejido. Ese es el centro, el inicio de lo que será, varias horas después, un bolso, un monedero… y hace muchísimos años, también una enagua, una blusa, una camisa y hasta un pantalón. Así se teje en Boruca.
Volví hace poco de una gira con mis estudiantes de Formación Humanística, de la Universidad Técnica Nacional, al territorio Boruca. Siempre los llevo, una vez cada cuatrimestre, a que escuchen esta historia, de la voz de sus protagonistas.
Me impactó la primera vez que la escuché, y esta semana, en la que leí sobre un movimiento de mujeres en Estados Unidos que propone destejer el tejido largo de su derecho al voto, pensé que era oportuno compartirla, ahora que con tanta facilidad se nos pegan las tendencias que se viralizan con todo tipo de ocurrencias. Esta no es una historia de ciudad, ni de titulares de primera plana. Es una de montaña. Una historia real, Boruca, al sur de Costa Rica.
“El movimiento siempre termina desde el corazón hacia uno. Así es como se teje”, me cuenta doña María Fernández, mujer Boruca y tejedora.
No les fue fácil hacerlo. Pelearon por un espacio para tejer, enseñar y producir. Tras mucho luchar se los dieron. Pero el terreno, ellas mismas lo tuvieron que nivelar a pala. Hoy es el museo de la comunidad, ubicado en la entrada del pueblo. Ahora, en cada casa, las tejedoras tienen sus telares. Allí mezclan colores con movimientos heredados de abuela a madre, y de madre a hija, desde la lejanía del tiempo.
Aquella danza casi muere. Eran los años ochenta. Doña Feliciana González, doña Margarita Lázaro, doña Nora Maroto y Marina Lázaro se acercaron a las abuelas que preservaron del olvido el arte de tejer, como doña Petronila Lázaro y otras pioneras salvadoras de la memoria. Esta nueva generación aprendió de ellas… como quien hereda la tarea de proteger una llamita con las manos, para que no la mate el viento.
María, hija de Feliciana, conoció ese arte gracias su mamá. Dicen que el hilado lo aprendían sentadas en hamacas, donde convertían las motitas blancas y marrones del algodón en hilos vivos, con ganas de enredarse y volverse arte. Mientras hilaban, escuchaban cuentos, tradiciones, costumbres… memoria.
“Recordar el tejido nos ayudó contra el machismo. Antes dependíamos de los hombres. Si el marido no nos daba una bolsa de arroz, entonces no podíamos cocinar. Desde que reaprendimos el arte de tejer, ganamos nuestro propio dinero y fortalecimos nuestra identidad”, cuenta doña María.
Los 20 visitantes de su casa, 17 de ellos estudiantes, un chofer, un profesor y este cuentero con el asombro en los ojos, pasamos la tarde del sábado 4 de julio en el galerón de la casa de doña María. Allí los bancos y hamacas nos servían de pupitre para aprender sobre cómo se hace hilo, y cómo se tiñe con el color parido por la entraña de las plantas.
“Azul de mata, cúrcuma, achiote, mangle, nance, corteza de árbol carbonero y barro de río… de ahí salen los colores del hilo. Y a estos se une el múrice, que buscamos entre las piedras de los acantilados, en la playa. Ahí soplamos la conchita, y el animalito se defiende “orinando” una tinta que nosotros usamos para teñir. Luego, volvemos a dejar al animalito vivo en su roca, y quizás más adelante, nos vuelva a regalar su tinta”, dice doña María, ante los ojos asombrados de todos nosotros.
El tejido nace de un “corazón” de algodón, y la danza tiene movimientos que se repiten, y cada uno de ellos termina siempre “desde el corazón hacia uno”. Todavía le doy vueltas a esa frase. Me gustó eso de que se cuenta tejiendo, con ritmos que se van repitiendo y creando cosas, pero que siempre nacen de un corazón, y terminan volviendo a él… desde el centro, desde el origen hacia uno.
Cada uno de los estudiantes se habrá llevado su propio pensamiento, su propia emoción. Yo me llevo la historia de unas mujeres que decidieron agarrarse de un hilo diminuto y tejer su historia con colores y dignidad.
