
El pasado 24 de julio marcó el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra 2025. Calculada por Global Footprint Network –organización internacional pionera en sostenibilidad y medición de la huella ecológica–, esta fecha se basa en las Cuentas Nacionales de Huella y Biocapacidad de la Universidad de York.
La fecha nos recuerda que, para ese momento, la humanidad ya ha agotado todos los recursos naturales que el planeta puede regenerar en un año. A partir de ese día, vivimos a crédito. Un crédito sin respaldo ecológico.
Según datos recientes, estamos utilizando los ecosistemas 1,8 veces más rápido de lo que pueden regenerarse. En términos de contabilidad ambiental, esto se traduce en una creciente deuda ecológica, que no solo compromete la sostenibilidad del planeta, sino también la estabilidad económica, la seguridad alimentaria y la paz social.
Este sobregiro ambiental no es solo una alerta ecológica: es también un fallo de mercado en su expresión más cruda. Los sistemas económicos globales no reconocen el verdadero costo del capital natural. El resultado es una distorsión estructural que subvalora los servicios ecosistémicos y sobreexplota recursos vitales como el agua, los bosques, los suelos fértiles y las pesquerías. Mientras tanto, las emisiones de gases de efecto invernadero continúan desbordando la capacidad de absorción de la biosfera, intensificando la crisis climática.
El caso de Costa Rica, país frecuentemente reconocido por sus políticas de sostenibilidad y conservación, revela una dura realidad. Su biocapacidad per cápita es de 1,5 hectáreas globales (gha), mientras que su huella ecológica alcanza los 2,8 gha por persona. En consecuencia, el país enfrenta un déficit ecológico de 1,3 gha por habitante. A pesar de sus avances en energías renovables y conservación, Costa Rica también vive por encima de sus límites ecológicos, y lo hace a costa de importaciones intensivas en recursos, del uso de bienes comunes globales y de la presión continua sobre sus propios ecosistemas.
Este sobregiro no es una anomalía reciente: Costa Rica lleva más de 33 años operando por encima de su capacidad ecológica. Sin embargo, el daño se acumula y se agrava cada año. Aumentan los impactos y se debilitan los sistemas naturales que sostienen nuestras economías. La sobrecapacidad está directamente vinculada con crisis globales como la pérdida de biodiversidad, la inseguridad alimentaria, la volatilidad económica, las migraciones forzadas y los conflictos geopolíticos.
No actuar implica perpetuar la lógica del colapso. Pero revertir esta tendencia no requiere fórmulas mágicas. Existen soluciones técnicas, políticas y sociales ya disponibles: invertir en eficiencia energética, rediseñar los sistemas alimentarios, restaurar ecosistemas degradados, repensar los modelos urbanos y reformar incentivos fiscales y financieros que hoy premian el derroche. Sobre todo, urge replantear el modelo de desarrollo, actualmente basado en el crecimiento ilimitado, por uno que respete los límites biofísicos del planeta.
En este escenario, las empresas tienen un rol estratégico en la reducción de la huella ecológica de los países. En un contexto global marcado por el agotamiento de recursos y el cambio climático, aquellas que adoptan modelos circulares, regenerativos y eficientes no solo disminuyen su impacto ambiental, sino que fortalecen su resiliencia económica y reputacional. Frente al persistente dilema del “aprovechado” –el temor a asumir costos individuales sin beneficios directos– estas empresas demuestran que actuar responsablemente es también una estrategia financiera inteligente.
Al igual que se calcula la huella ecológica de los países, hoy es posible medir el impacto de una empresa sobre el sobreconsumo global. La pregunta clave ya no es retórica: ¿cómo cambiaría el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra si una empresa no existiera? Invertir en compañías que erosionan los fundamentos ecológicos del planeta es, en este contexto, financieramente imprudente y éticamente insostenible. Los inversionistas que comprendan esto a tiempo no solo protegerán sus activos, sino que apostarán por una economía capaz de operar dentro del presupuesto ecológico global.
El Día de la Sobrecapacidad no es solo una marca en el calendario ambiental. Es un llamado urgente a repensar nuestra economía, nuestras políticas públicas y nuestro estilo de vida. En países como Costa Rica, donde el discurso ambiental a menudo supera a la práctica, es una oportunidad crítica para ajustar cuentas con la realidad.
El tiempo para vivir dentro de los límites del planeta no es mañana. Es ahora. Porque con cada día que pasa, la deuda crece. Y no existe planeta que avale ese préstamo.
Lenin Corrales Chaves es analista ambiental y fue presidente del Consejo Científico de Cambio Climático de Costa Rica.