Una de las constantes en la historia política de la humanidad es que los autócratas (reyes, dictadores, emperadores) siempre tienen un ejército de facilitadores, secuaces que, en cualquier nivel, se afanan por cumplir las órdenes y caprichos del gran jefe hasta las últimas consecuencias y sin miramientos. En ocasiones, incluso, ni siquiera ha sido necesaria una orden expresa para que esta maquinaria entre a funcionar, tan solo un arqueo de cejas, un comentario interpretable o, incluso, lo que algún obsecuente crea necesario para beneficiar la causa del autócrata.
No es que los secuaces sean creyentes en la superioridad normativa de su causa, ni meros ejecutores desprovistos de intereses personales. ¡Qué va! Muchos de ellos entienden perfectamente el estercolero en el que están metidos, lo repugnante de sus excesos, pero estiman que ganan mucho más siendo parte de la maquinaria infernal: una buena vida llena de privilegios, la oportunidad de hacerse ricos, la sensación intoxicante de sentirse poderosos y, por supuesto, la creencia de que son impunes y que, incluso, una eventual caída del autócrata no se los llevará en banda. Que lograrán sobrevivir, negociando sus vidas y haciendas mal habidas.
No es, desafortunadamente, un cálculo iluso. Ciertamente, como dice Stephen Greenblatt en Tyrant: Shakespeare on Politics, los tiranos usan y descartan secuaces a conveniencia. En otras palabras, muchos no sobreviven al régimen del que son lacayos. Sin embargo, otros sí logran blanquearse y caen bien parados, viviendo privilegiadamente sus grandes fortunas. Y esta es la parte triste de la historia: altos mandos y colaboradores nazis tuvieron largas y opulentas vidas después del Holocausto; operadores de la tenebrosa KGB de la Unión Soviética se reinventaron como oligarcas rusos y viven a todo tren. Así será, probablemente, con muchos de los cipayos que hoy ejecutan y profitan de las dictaduras de Ortega en Nicaragua y la de Maduro en Venezuela.
Leo El año de la ira, de Carlos Cortés, un inclemente retrato de la dictadura de Tinoco (1917-1919) y su red de lacayos y esbirros, y no me sorprende la cantidad de esos operadores que, caído el tirano, se reinventaron y siguieron disfrutando sus fortunas y fueron grandes empresarios, políticos e intelectuales y hasta presidentes de la república. Encopetados y buscavidas. ¡Ve vos! También en Costa Rica.
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El autor es sociólogo, director del Programa Estado de la Nación.