
A veces me pregunto cómo sería el mundo si creyéramos de verdad en aquello que decimos creer. No en el sentido ritual, ni en el cultural, ni siquiera en el identitario. Sino en el sentido más incómodo: el que exige coherencia.
¿Cómo se vería un mundo donde los países actuaran desde los principios más esenciales de las religiones que profesan?
Pienso en Rusia, en Estados Unidos, en China, en Israel, en Palestina, en Irán. En Gobiernos que, de una forma u otra, se apoyan en narrativas morales, nacionalistas o sobre valores para definirse, diferenciarse y justificar sus decisiones.
Pienso en el cristianismo, tan presente en Estados Unidos y Rusia, cuya enseñanza central habla del amor al prójimo, del perdón, de poner la otra mejilla, de cuidar al más vulnerable.
¿Cómo se sostiene la idea de “amar al prójimo” en contextos donde se justifica la violencia como medio legítimo de poder?
Pienso también en el judaísmo, con su énfasis en la justicia, en la responsabilidad ética, en la vida como algo sagrado. ¿Qué forma toma la justicia cuando el sufrimiento del otro también es real?
Pienso en el islam, que pone en el centro la compasión, la misericordia, la caridad, la humildad ante algo más grande que uno mismo. ¿Cómo se equilibra la memoria del dolor propio con la dignidad del otro?
Pienso en las múltiples tradiciones filosóficas y espirituales que han influido en China, como el confucianismo, el taoísmo, el budismo, que hablan de armonía, equilibrio, orden, responsabilidad colectiva.

¿Qué significa la armonía cuando hay tensiones que no pueden nombrarse? Porque, si algo comparten todas estas tradiciones, más allá de sus diferencias, es una invitación profunda a trascender el ego, a reconocer la interdependencia, a cuidar la vida. Pero, como humanidad, parecemos haber aprendido a hacer algo muy distinto. Y en ese proceso, algo se rompe.
No es solo la violencia visible en la guerra, las armas y la destrucción. Es también la violencia más sutil: la indiferencia, la narrativa que deshumaniza, la facilidad con la que el “otro” deja de ser persona para convertirse en amenaza.
Tal vez el problema no está en lo que creemos, sino en la distancia entre lo que creemos y cómo vivimos.
¿Qué pasaría si esas narrativas no fueran solo discurso, sino práctica viva? Si el amor al prójimo no tuviera fronteras. Si la compasión no dependiera de la nacionalidad. Si la vida humana no se relativizara según el lado del conflicto en el que se nace. Si la dignidad no fuera negociable. Si la verdad no fuera moldeada al servicio del poder y sus intereses. Si la humildad estuviera por encima de la dominación.
Es en esa brecha silenciosa donde la coherencia se diluye.
Porque es más fácil justificar la violencia que encarnar un principio. Más fácil defender una idea que vivirla. Más fácil señalar la incoherencia afuera que reconocerla adentro.
Y, sin embargo, ahí podría estar la clave. No en exigirles a los gobiernos que sean coherentes (aunque sería muy deseable), sino en preguntarnos qué parte de esa incoherencia también vive en nosotros. En lo cotidiano. En cómo tratamos a quienes piensan distinto. En cómo justificamos nuestras propias formas de violencia, aunque sean mucho más pequeñas.
Quizá los conflictos que vemos a escala global no son ajenos a nuestra experiencia humana, sino una amplificación de ella. Una expresión, en grande, de lo que aún no hemos sabido resolver en pequeño.
¿Y si empezáramos el cambio a través de la coherencia personal? ¿Acaso vivir desde los principios que decimos valorar no es, en sí mismo, un acto político?
Porque, tal vez, la paz no se construye primero en las fronteras, ni en los acuerdos, ni en los discursos. Tal vez empieza en un lugar mucho más incómodo: en la forma en que habitamos nuestras propias contradicciones. En cómo respondemos al conflicto. En cómo miramos al otro cuando no estamos de acuerdo. En cómo sostenemos (o no) la dignidad, incluso cuando sentimos que tenemos razón.
¿Cómo está manejando usted su guerra interna? ¿Desde el amor y la compasión… o desde la necesidad de eliminar todo aquello que no encaja, que incomoda, que desafía?
Porque, al final, quizá no se trata de creer más. Sino de vivir, aunque sea un poco más, aquello que ya decimos creer.
aimee_lb@yahoo.com
Aimée Leslie es gestora ambiental y doctora en transiciones hacia la sostenibilidad.
