Di un montón de vueltas, hice numerosas averiguaciones, incomodé a libreros y a bibliófilos que conozco. Fue infructuoso, no logré conseguirlo.
Entonces, acudí a las librerías de viejo, cosa más improbable aún porque el libro se publicó en español en marzo de 2018, y en francés, el idioma en que fue escrito, un año antes; fechas muy recientes como para alcanzar los honores de la naftalina.
El caso es que por fin llamaron a mi puerta después de pedirme la ubicación de la casa y me entregaron un paquete. Se trataba del libro. Se hizo esperar dos meses porque la compra coincidió con el tiempo de las superventas, o tal vez porque al proveedor tampoco le fue fácil dar con él. El hecho es que aquí estaba, en mis manos, arrebujado en el sobre que lo envolvía e indiferente a la impaciencia con que lo esperé.
Era de escaso volumen, no mucho más de cien páginas. Esto me preocupó, atontado por la idea de que los buenos libros necesariamente son largos y los cortos quién sabe. ¿Cuánto se puede decir en poco más de cien páginas? Por suerte acababa de leer una cuantiosa novela sospechando que había demasiadas palabras despilfarradas, así que me propuse hacer en adelante lecturas más breves.
Los acontecimientos narrados en el libro se remontan a febrero de 1933. Acompañado de Göring, Hitler reúne a dos docenas de ricos empresarios alemanes para persuadirlos de que financien al partido nazi en las elecciones que se celebrarán en breve. Si el partido alcanza la mayoría, promete Göring, “estas elecciones serán las últimas durante los próximos diez años; e incluso durante los próximos cien años”.
La reunión se celebró realmente en el palacio del presidente del Parlamento, “pero muy pronto, vaticina el autor, no habrá ya Parlamento, no habrá ya presidente y, dentro de unos años, no habrá ni siquiera edificio del Parlamento, tan solo un amasijo de escombros humeantes”.
Así que comencé a leer “El orden del día”, de Éric Vuillard. Va de la inútil política de apaciguamiento, las eficaces intimidaciones nazis y su noción de espacio vital, sobre un fondo de megalomanía y trastornos paranoicos. Llego al final: “Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor”.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
