Columnistas

Cómo comerse la torta petrolera rusa

Si Rusia está dispuesta a seguir siendo agresiva y peligrosa, la mejor estrategia para contrarrestarla debería apuntar a reducir su participación en el mercado energético mundial tanto como sea posible

Algo curioso ocurrió en el camino hacia las cero emisiones netas. Mientras los criterios ESG (siglas en inglés de ambientales, sociales y de gobernanza) estaban obligando a las empresas petroleras a desinvertir en combustibles fósiles, y mientras Estados Unidos estaba ajustando su política de producción de petróleo y cancelando el proyecto del oleoducto Keystone XL con base en argumentos ambientales, Rusia decidió invadir Ucrania.

Estados Unidos y Canadá rápidamente declararon un embargo al petróleo ruso, en tanto que la Unión Europea —que es más dependiente de la energía rusa— se esforzaba por diseñar una política coherente.

Los precios de la energía comenzaron a dispararse y los gobiernos occidentales se concentraron en aumentar los suministros no rusos, incluso volviendo a poner en servicio plantas de carbón europeas y expandiendo la producción de petróleo y gas natural de Estados Unidos.

Los cínicos podrían decir que se trata de un caso agustiniano de “dame la castidad y la continencia, pero no ahora”. Claramente, es necesaria una reconsideración más radical de la geopolítica energética y la descarbonización para hacer frente a la amenaza rusa.

La nueva agresividad de Rusia ha sido posible gracias a su bonanza petrolera. La producción de petróleo del país cayó precipitadamente después del derrumbe de la Unión Soviética en 1991, y alcanzó un nadir de 6,1 millones de barriles al día en 1998: cinco millones menos que diez años antes. Pero la producción se recuperó por completo, y alcanzó un récord de 11,7 millones de barriles al día en el 2019.

La mayor producción y los largos períodos de precios elevados le brindaron al presidente Vladímir Putin los recursos para fortalecer al Ejército de Rusia y hacer alarde de su poderío. Por ejemplo, Rusia anexó Crimea en el 2014, después que diez años de precios altos del petróleo y una creciente participación de mercado habían llenado las arcas del Kremlin.

A la luz de la guerra actual de Putin contra Ucrania, Europa ha anunciado planes para abandonar la energía rusa. Pero, en gran medida, ese es un objetivo errado.

Como el mundo aprendió durante el embargo petrolero árabe de 1973, en verdad no importa quién embarga a quién en un mercado energético global integrado. Lo que cuenta es qué porcentaje de la oferta de petróleo del mundo está bajo el control del agresor. Si este porcentaje es significativo, la energía se volverá más cara para todos.

Si Rusia decide seguir siendo agresiva y peligrosa, la estrategia debería ser reducir lo más posible su porcentaje del mercado de energía global. Pero ¿de qué manera lograrlo? ¿Qué países se beneficiarían con esta estrategia y, por ende, podrían ayudar a hacerla realidad? ¿Y puede este esfuerzo ser compatible con los objetivos de descarbonización?

Las respuestas a estas preguntas pueden ser bastante sorprendentes. Sin duda, la UE y el G7 obtendrían beneficios de seguridad al ayudar a reducir la participación de Rusia en el mercado de energía global.

Pueden hacerlo restringiendo el acceso de Rusia a las finanzas internacionales y a la tecnología de producción de petróleo, e imponiendo un impuesto a la energía rusa con el objetivo de limitar su acceso al mercado internacional.

Pero la OPEP también ganaría con una estrategia de estas características. En diciembre del 2016, cuando los precios del petróleo estaban bajos, Rusia entró en una alianza con la OPEP para reducir la producción y hacer subir los precios en una estructura más amplia conocida como OPEP+.

El acuerdo funcionó en ventaja de Rusia. En el 2019, la OPEP había reducido la producción en 2,3 millones de barriles diarios (solo Arabia Saudita redujo la producción en 573.000 barriles al día), pero Rusia aumentó la producción en 337.000 barriles al día.

Para la OPEP, una alianza con Rusia ya no tiene sentido. Por el contrario, la OPEP tiene un incentivo para debilitar a un competidor importante que les ha quitado participación de mercado a sus miembros en los últimos 25 años.

Después de todo, la mayor parte de la producción de la OPEP está en países con grandes reservas. Si el mundo va hacia una descarbonización, esas reservas seguirán bajo tierra después del 2050. De modo que los productores compiten por monetizar sus reservas en lugar de que queden varadas. Cuanto más restringida esté Rusia, más petróleo podrán vender los miembros de la OPEP.

La misma lógica se aplica a Estados Unidos. El país cuenta con muchas reservas bien conocidas de petróleo y gas de formaciones compactas, que tienen un precio de equilibrio de menos de $60 por barril. Además, el gas natural en Estados Unidos se comercializa en alrededor de $5,50 por millón de unidades térmicas británicas, una pequeña fracción de los precios en Europa, lo que justifica inversiones cuantiosas en trenes de gas natural licuado para exportar producción a Europa y otras partes.

Desde un punto de vista ambiental, los proyectos petroleros y gasísticos de lutitas de Estados Unidos tienen la ventaja de ser de rápida ejecución y cierre. Un pozo de petróleo o de gas de este tipo genera más del 85% de su producción en los dos primeros años, mientras que el desarrollo de los yacimientos tradicionales puede tomar hasta diez años y luego están operativos durante décadas, bien entrado el período en que el mundo debería estar acercándose a las cero emisiones netas.

En consecuencia, un impulso a la producción petrolera de Estados Unidos destinado a reducir la participación de mercado global de Rusia no tiene por qué ser de larga vida.

Finalmente, el movimiento ambiental puede sumarse al esfuerzo. La descarbonización exige recortar la producción de petróleo global. El petróleo ruso es más pesado que la mayoría del petróleo de la OPEP y de Estados Unidos, lo que significa que genera más dióxido de carbono por unidad de energía.

También, es ácido, lo que implica que contiene mucho azufre, un contaminante inconveniente. Reducir la producción petrolera de Rusia, por ende, puede ser una buena manera de recortar las emisiones globales manteniendo al mismo tiempo al mundo bien abastecido de energía hasta que se desarrollen alternativas más limpias.

China probablemente se oponga a esta estrategia. Pero en el 2019 le compró solamente un 2,4% de su gas natural, un 14% de su carbón, un 18,4% de su petróleo crudo y un 13,4% de sus productos refinados a Rusia.

Una agenda poco colaboradora con sus principales proveedores de energía, por lo tanto, no es una estrategia exenta de costos para China. Asimismo, resolver los problemas logísticos que restringen las exportaciones de energía rusa a China llevará mucho tiempo y será muy costoso, lo que les brinda a los productores rusos un respiro muy parcial.

El mundo estará mucho mejor si se le quitan los colmillos a Rusia. Reunir una coalición internacional para hacerlo es más fácil gracias al incentivo compartido de quedarse con el pedazo de la torta que tiene Rusia en el mercado petrolero mundial.

La OPEP tendrá que reconsiderar su relación con Rusia y con los países consumidores de petróleo, que son necesarios para recortar la producción rusa. El G7 y el resto de la UE también necesitarán cambiar su enfoque. Pero los incentivos se pueden alinear. Y el resultado puede ser un mundo más seguro.

Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard y director del Harvard Growth Lab.

© Project Syndicate 1995–2022

LE RECOMENDAMOS

En beneficio de la transparencia y para evitar distorsiones del debate público por medios informáticos o aprovechando el anonimato, la sección de comentarios está reservada para nuestros suscriptores para comentar sobre el contenido de los artículos, no sobre los autores. El nombre completo y número de cédula del suscriptor aparecerá automáticamente con el comentario.