Carlos Montaner. Hace 6 días

Lou Yuan es un notable contraalmirante chino. Se distingue por su fiero nacionalismo y su ortodoxia partidista. (Su padre, en cambio, fue acusado de burgués y procapitalista por Mao). La revista Epoch Times acaba de publicar unas declaraciones suyas en las que sugiere que los misiles chinos deben barrer del mapa dos portaaviones norteamericanos para que Estados Unidos sienta en carne propia la muerte de 10.000 marinos. (La dotación de cada uno de los enormes barcos puede llegar a las 5.000 almas).

La idea de destruir dos portaaviones y no dos ciudades es porque Yuan, en realidad, no pretende una guerra nuclear con Estados Unidos, sino darles una lección convencional a los odiados “gringos”. Los misiles no necesariamente tienen que llevar cargas atómicas. Mi impresión es que destruir dos portaaviones es un casus belli. Washington respondería con un ataque total a China y se iniciaría la tercera guerra.

Sigue siendo correcto el razonamiento del general Ike Eisenhower: si hay una nueva guerra mundial no existe forma humana de mantenerla dentro de los límites de la batalla convencional

China no solo rechaza los aranceles. Tal vez ese es el pretexto. Le molesta la presencia militar estadounidense en su vecindario. Si el grito de la Doctrina Monroe (1823) fue “América para los americanos”, el de Xi Jinping es “Asia para los chinos”.

A la jerarquía china le irrita que le disputen el derecho a crear islas artificiales y convertirlas en bases militares. Son muchos los agravios históricos directos e indirectos: la Guerra del Opio impuesta por los británicos. La ocupación de Japón en Taiwán y en Manchuria. El dominio estadounidense de Filipinas entre 1898 y 1946 (salvo la ocupación japonesa durante parte de la Segunda Guerra).

Poderío. ¿Hablaba Lou Yuan por su cuenta y riesgo? No lo creo. Es verdad que Yuan es un académico, y estos personajes tienen licencia para especular, pero sospecho que la alta dirección del Partido Comunista le pidió esa declaración y la perfilaron juntos.

Es una forma de recordarle al gobierno de Estados Unidos que con la China actual no se juega. No por gusto es la segunda potencia militar, tecnológica y financiera del planeta.

Y acaso la primera, si se mide el producto interno bruto (PIB) en poder adquisitivo: China, $25 billones (trillones en inglés), frente a EE. UU., $20 billones (o trillones). Solo que cuando se divide ese enorme PIB entre la población de los dos países, la diferencia es abismal. Estados Unidos tiene casi $60.000 por cada uno de sus 325 millones de habitantes, mientras China apenas llega a $17.000 para sus 1.400 millones de personas. (Taiwán, la China pequeñita e isleña, alcanzó los $50.000 para sus 23 millones de seres: una suma que es casi tres veces la de China continental).

Pero dejémonos de ceros. Eso no sirve para explicar ningún gran conflicto. ¿Le conviene a alguien una tercera guerra? Realmente, a nadie. Ni siquiera a los fabricantes de armas. Probablemente mueran. Sigue siendo correcto el razonamiento del general Ike Eisenhower: si hay una nueva guerra mundial no existe forma humana de mantenerla dentro de los límites de la batalla convencional. Uno de los bandos utilizaría las armas atómicas, aunque solo sea para dar el primer golpe.

Como la población china es tan numerosa, y como, tradicionalmente, la vida humana en China ha significado poco, Xi Jinping pudiera sentir la tentación de ir a la guerra y sacrificar 1.000 millones de compatriotas, pero no se trata de manpower, sino de la enorme capacidad de destrucción que tiene Estados Unidos.

EE. UU. la emplearía a fondo. Todo lo que China ha logrado tras la muerte de Mao se evaporaría en centenares de hongos atómicos. Y todo lo que Estados Unidos ha conseguido en los últimos dos siglos también se iría a bolina. Los dos contendientes saldrían derrotados.

¿Por qué alguien querría un horrible espectáculo de esa naturaleza? Uno puede entender que los chinos sientan que ha llegado la hora de la revancha contra Occidente. Hasta el siglo XV, China fue la nación más poderosa del planeta. Luego vino un cambio de paradigmas que generó la asunción de nuevas potencias y el rezago de otras.

China, España, Portugal y Turquía fueron orillados por el Reino Unido. La Revolución Industrial impuso el objetivo del progreso y la prosperidad creciente como tarea de la sociedad civil y del gobierno.

China ha aprendido esa lección. Le falta por comprender que uno de los rasgos más importantes del mundo occidental es que mira al futuro incierto y no al pasado glorioso. Esa es la clave.

[©FIRMAS PRESS]

Carlos Alberto Montaner es periodista y escritor. Su más reciente libro es una revisión de “Las raíces torcidas de América Latina”, publicada por Planeta y accesible en papel o digital por Amazon.