“Estados Unidos ha pedido demasiado y ha ofrecido muy poco. En consecuencia, ayer por la noche suspendí las negociaciones comerciales y pedí a los negociadores canadienses que regresaran a Ottawa”. Con estas duras palabras, Mark Carney, primer ministro de Canadá, explicó el fracaso de las negociaciones comerciales con los Estados Unidos.
Carney es un hombre comedido y prudente. Es un banquero, no un agitador populista. ¿Qué pasó en esas negociaciones para que alguien como él tomara una decisión tan riesgosa, tan radical, y la explicara con la crudeza con que la explicó?
Como contexto, recordemos que, desde febrero de 2025, Trump impuso aranceles unilaterales de un 25% sobre una serie de exportaciones canadienses a Estados Unidos, violando el acuerdo de libre comercio que él mismo había negociado con Canadá y México. Trump se apoyó en el falaz argumento de que Canadá estaba “estafando” a los Estados Unidos al venderle más de lo que le compraba y, además, permitiendo el tráfico de fentanilo. Canadá respondió y se desató una guerra de aranceles entre ambos países.
A fines de julio, Trump lanzó un ultimátum: si Canadá no cedía, él ampliaría los aranceles de 50% a un paquete mucho más amplio de exportaciones canadienses. Se abrieron negociaciones. Difíciles, según los propios negociadores. Sin embargo, el viernes pasado, estando los negociadores a punto de llegar a un acuerdo con un delicado balance de concesiones mutuas, el gobierno de los Estados Unidos agregó nuevas condiciones de última hora que detonarían el acuerdo.
Entre otras condiciones, Estados Unidos exigía el derecho a supervisar y restringir la firma de nuevos acuerdos comerciales entre Canadá y otros países; reestructurar las cuotas de productos lácteos; modificar las reglas del comercio automotriz en perjuicio de la venta de grandes camiones fabricados en Ontario; establecer la prioridad estadounidense sobre la explotación de minerales críticos en Canadá, y –para agregar insulto al agravio– Trump se metió con la cultura canadiense: exigía a Canadá restringir las protecciones culturales y lingüísticas de Quebec, eliminando la normativa para que las plataformas de streaming internacionales (como Netflix, HBO y Amazon) promuevan contenido canadiense a los usuarios en Canadá, incluyendo contenido en francés; pidió eliminar los subsidios o apoyo financiero que Canadá otorga a sus propias industrias culturales francófonas, y eliminar el uso obligatorio del doble etiquetado (inglés y francés) en los envases de los productos comerciales.
Se cruzaron todas las líneas rojas. Eran condiciones inaceptables para Canadá. “Estás en guerra cuando te atacan, y nosotros fuimos atacados”, afirmó Carney tras dar por concluidos los diálogos. “Hemos reconocido desde el principio que Estados Unidos ha cambiado. Reconocemos que, a veces, su firma está escrita con lápiz”.
Ante la ruptura, Trump explotó: “¡¡¡Se acabó!!!”, escribió en su red Truth Social, y concretó su ultimátum, activando de inmediato un arancel del 50% sobre cientos de productos canadienses.
Carney, por su lado, anunció que Canadá aplicaría “aranceles equivalentes, dólar por dólar, a los impuestos fijados por Washington con el fin de proteger a los trabajadores, los agricultores, las familias y las empresas de Canadá”. Aclaró que tomaban esta decisión “a regañadientes y a nuestro pesar”, entendiendo que las barreras comerciales tendrían efectos negativos sobre los habitantes de ambos países.
Pero no nos confundamos. Aunque parece que hablamos tan solo de aranceles y comercio, el trasfondo es mucho más delicado y tiene que ver con el proyecto de largo plazo del proyecto trumpista. Esto fue lo que Carney siempre entendió: era un asunto de soberanía. Por eso, su reacción fue tan tajante. Dejemos que sea él mismo quien lo explique:
“La pasada primavera, señalé que Estados Unidos intentaba debilitarnos para poder dominarnos. Y les prometí que eso nunca, jamás, ocurriría. Canadá se está haciendo más fuerte y depende menos de Estados Unidos. Ya ofrecemos más de lo que ellos pueden quitarnos. Y esto es solo el principio. Somos nosotros quienes trazamos nuestro camino.
Somos nosotros quienes forjamos nuestro propio destino. En Canadá, somos dueños de nuestra casa, de un océano a otro”. Imposible más claro.
leonardogarnier@gmail.com
Leonardo Garnier ha sido profesor e investigador de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de la Universidad Nacional (UNA), ministro de Planificación Nacional y Política Económica (1994-1998), ministro de Educación Pública (2006-2014) y asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas para la Cumbre por la Transformación de la Educación (2022-2023).
