Ronald Matute. 14 marzo

Algo inesperado, casi insólito, me ocurrió la primera vez que tomé el autobús en la comunidad donde vivo hace 20 años.

Un sonoro y convincente “¡Buenos días!”, proferido por un desconocido, me recibió al llegar a la parada, seguido de otro y de otro y de otro…

Para un josefino acostumbrado a los fríos modos de la ciudad, tal ráfaga de amabilidad generó un titubeo inicial y me pregunté: “¿Será conmigo?”. Pues sí, resultó que los saludos eran para mí y entonces contesté con cierta incredulidad.

Con el paso del tiempo, fui entendiendo y acostumbrándome a las reglas no escritas de cortesía practicadas en mi pueblo adoptivo. Imagino que en muchos otros lugares de Costa Rica también habrá personas dispuestas a ofrecer un gesto afable a su prójimo, simplemente porque les nace.

Algunos interpretarían ese bañito de cordialidad como un acto mecánico o un mero formalismo aprendido. Sin embargo, lanzar un saludo significa salirse de la zona de confort, del rinconcito anónimo desde donde se evita la socialización.

Hay que reconocer que la práctica implica un esfuerzo genuino y consciente por transmitir un mensaje a un receptor. Conlleva, además, el riesgo de lanzarse al vacío sin saber si al final, transcurridos eternos segundos, habrá alguna respuesta.

Debemos agradecerles siempre a todos aquellos quienes han incorporado el manual de la cortesía a su rutina cotidiana. Cuán motivante es llegar, en la mañana, al trabajo o al salón de clases escoltado por un pelotón de sonrisas y apretones de mano.

Unas palabras dichas con amabilidad hacen memorable una incursión a la panadería, a la tienda, a la clínica, a la peluquería o a la soda. El saludo es un poderoso bálsamo para el alma, capaz de activar los sensores de la emoción, la empatía y el optimismo. Es un antídoto para combatir la indiferencia que se esparce por nuestra sociedad a la velocidad del desarrollo tecnológico.

Es un salvador de espíritus que, en plena era de la hipercomunicación y la hiperconexión, tienden a aislarse en su mundo virtual.

La próxima vez que tenga la oportunidad de ofrecer o responder un saludo, hágalo. ¿Cuánto cuesta? Nada. Dar y recibir buenas vibras es gratis.

Ronald Matute es jefe de Información de La Nación.