Uno de los retos de más amplio espectro, naturaleza más compleja y carácter más urgente de nuestra sociedad se resume en esta palabra: brechas. Si el próximo gobierno no las aborda con decisión, sensatez y sentido estructural, los riesgos del populismo y autoritarismo, aunque logren conjurarse ahora, seguirán nutriéndose, y llegará un momento en que quizá no haya marcha atrás.
Existen brechas o desigualdades de sobra reconocidas: en ingreso, educación y capacitación; entre la GAM y el resto del país; entre la economía moderna y la tradicional; entre creciente y estancada productividad; entre instituciones dinámicas y aquellas ancladas en el pasado; entre visión y complacencia; y, por supuesto, entre discursos y realidades.
Su inadecuada atención no solo las ha ampliado; también ha conducido a una nueva generación de desconexiones, que se ha manifestado con particular agudeza en la segunda ronda electoral. Me refiero al creciente y artificial antagonismo entre quienes ven el Estado como pilar y fuente de apoyo, y quienes lo consideran un estorbo; entre los sectores organizados, apegados a sus intereses o rentas injustas, y una amplia población desafiliada que, en buena parte, financia sus beneficios; entre quienes aprecian las instituciones y normas legítimas, y aquellos que las desdeñan por lentas o incómodas; entre comprender que los cambios en democracia deben ser negociados o consensuados, y suponer que existen pócimas mágicas de rupturas generadoras.
