
Hay pocos momentos en el fútbol tan desnudos como un penal. Durante noventa minutos casi todo puede compartirse: el esfuerzo, el error, la esperanza. Siempre hay un compañero cerca, otra jugada, otra oportunidad de corregir. Pero cuando el árbitro señala el punto, algo cambia. El partido deja de ser de todos y, por unos segundos, se vuelve de uno solo. O de dos. El que camina hacia la pelota y el que espera bajo el arco.
Por eso el penal no es solo una jugada. Es una exposición. El jugador no camina solamente hacia el punto. Camina hacia el miedo, hacia la gloria, hacia el juicio del mundo. El estadio entero lo sabe. Por eso calla distinto. Porque hay silencios que pesan más que una multitud, y el silencio antes de un penal es uno de ellos.
Ahí no se esconde nadie.
Ahí no hay sistema que proteja.
Ahí no hay discurso que alcance.
Solo queda el pulso. Solo queda el temblor. Solo queda esa distancia mínima que, de pronto, se vuelve inmensa. El fútbol tiene esa crueldad hermosa: convertir once metros en un abismo.
Y, sin embargo, alguien tiene que ir.
No todos quieren la pelota cuando pesa de verdad. Todos sueñan con la celebración. No todos aceptan el riesgo que viene antes. Por eso, cuando un entrenador elige a los cinco para una tanda, no está escogiendo solamente buenos pateadores. Está eligiendo carácter.
Baggio conoció esa herida como pocos. Uno de los jugadores más finos de su tiempo terminó dejando en Pasadena una de las imágenes más dolorosas que ha producido el juego. Italia llegaba exhausta. Brasil esperaba. El calor, la final, el peso del mundo, todo caía sobre ese último remate. Baggio caminó hacia la pelota con un país entero sobre los hombros, sabiendo que si fallaba, ya no habría nadie detrás. El balón voló por encima del travesaño y Brasil fue campeón. A veces, el fútbol puede ser brutalmente injusto: toma una carrera inmensa y la reduce a un solo segundo.
Zidane, en cambio, habitó el penal desde otro lugar. El suyo en la final del Mundial de 2006 conserva una extraña elegancia. Era una final del mundo. Era Buffon enfrente. Y aun así, Zidane eligió la sutileza. Aquella Panenka no fue solo un remate. Fue una declaración de personalidad.
Pero tal vez por eso emocionó tanto la imagen final de Montiel en 2022. Porque ese penal no cargaba solo con una tanda. Cargaba con las finales perdidas, con el recorrido de Messi y con la presión de cerrar por fin una herida histórica. Después del 3-3, todo terminó reducido a esa caminata.
Montiel no era el nombre más brillante del relato. No era el más esperado. Y quizá por eso conmueve tanto. Porque a veces la historia no escoge al más grande. Escoge al que se atreve a caminar cuando todos los demás sienten que el mundo tiembla.
En ese momento, el estadio ya no era un estadio. Era una respiración contenida. Era un país entero suspendido sobre once metros. Francia esperaba bajo el arco. Argentina miraba con ese miedo tan reconocible de las grandes heridas: el miedo de haber llegado tan lejos, de haber sufrido tanto, de estar tan cerca y sentir que todavía podía escaparse.
Montiel camina.
Toma carrera.
Golpea.
Y cuando la pelota entra, no entra solo un penal. Entra el alivio. Entra la redención. Entra el cierre de una espera demasiado larga. Por eso, esa imagen final toca tanto: porque ahí estaba condensada una verdad mucho más grande que un título, la de un hombre común dentro de un relato inmenso, aceptando el temblor y avanzando igual.
Todos somos Montiel.
No porque vayamos a definir un Mundial, sino porque todos, alguna vez, llegaremos a un punto donde la situación nos supera. Un punto donde el silencio pesa, donde el miedo aprieta, donde una versión vieja de nosotros mismos puede fallar y otra, más valiente, más entera, todavía puede salvarnos.
Y en ese instante no habrá más remedio que elegir: tomar el balón, caminar y patear. Porque a veces vivir también consiste en eso: aceptar el temblor y avanzar igual.
andresarias17@gmail.com
Andrés Arias es máster en rendimiento y entrenador con licencia A Pro.