Día de citas. La primera es de Simón Bolívar: Huid del país donde uno solo ejerza todos los poderes: es un país de esclavos. Abusar de las citas, se dice, es plagiar o declararse perezoso. Sin embargo, oí de una hipótesis más sugerente, según la cual, cuando en los discursos y los artículos de ciertos personajes aparecen largas cadenas de citas mal hilvanadas, todo se reduce a que, humilde, el supuesto orador o articulista desea confesar su incapacidad de pensar por sí mismo.
Pero eso es injusto, pues la mayoría de las veces el valor de una cita radica menos en el contenido mismo del texto que en la autoridad que se le atribuye al autor original, por lo general un muerto memorable. Por ejemplo, cuando en el debate interno de un partido político se esgrime el lugar común de que “la ropa sucia debe ser lavada en casa” (lo cual podría significar hasta que a un pillo hay que elevarlo de rango en la dirigencia), se habrá perdido la oportunidad de convertir la descarada sentencia en algo inapelable tan solo por no haber hecho la cita literalmente y elevando el dedo índice hacia el techo: Il faut laver son linge sale en famille , Emperador Napoleón I . Porque, en serio, fue Napoleón Bonaparte quien lo dijo.
Así se anuncia mi pereza. Quiero descansar con otras citas de aparente actualidad y la siguiente, que es de Aristóteles, reza: La grandeza no consiste en recibir honores sino en merecerlos . La última es el resumen muy compacto de una nota escrita en 1970 por el búlgaro sefardita Elías Canetti (químico memorable y Nobel de Literatura de 1981), en la que examina la curiosa especie del Juntaelogios:
Al Juntaelogios le indignan las calles silenciosas. Las recorre sin parar de arriba a abajo para obligarlas a elogiarlo y le amarga su resistencia. Los periódicos le resultan vulgares porque la gente los vuelve a tirar junto con la foto de él. ¿Le bastaría con que a diario apareciera en el periódico algo nuevo sobre su persona? ¡No! Ciertamente necesita los periódicos: los lee hasta encontrarse en ellos, pero quiere mucho más [...] que se ocupen de él, no de terremotos ni de guerras […] y conserva el trozo de papel más pequeño, pero también el más grande, en los que aparezca escrito su nombre. Aguarda nuevos giros y frases que no haya escuchado nunca, todo un idioma laudatorio inventado exclusivamente para él. No lamenta la abolición de la pena de muerte pero estaría dispuesto a […] reimplantarla para aquellos casos en los que estuviera en juego su persona. No deja pasar ningún elogio y siempre tiene oído para los que han sido dichos ya dos, tres o cuatro veces.