El brutal y despiadado, pero al parecer muy bien planeado, ataque terrorista de Hamás desde la Franja de Gaza a Israel puso las tensiones geopolíticas al rojo vivo, ya en un grado peligrosamente alto debido a la invasión de Rusia a Ucrania.
Hamás procuró infligir el mayor daño posible a la población civil, asesinando a mansalva y secuestrando a todas las personas que pudo, al mismo tiempo que golpeaba objetivos militares.
Su verdadero objetivo era otro, sin embargo: alterar la dinámica política en todo el Oriente Medio, en particular, los intentos de normalizar las relaciones entre Arabia e Israel y, por otro lado, entre Arabia e Irán, este último proceso auspiciado por China. De paso, afianzar su liderazgo entre los palestinos. Por ahora, lo está logrando.
Ahora viene la respuesta Israelí, que será durísima y contundente, pues una nación rodeada de enemigos requiere evitar dar nuevos signos de debilidad, como ocurrió en este caso, que los agarraron desprevenidos.
Necesita destruir a Hamás o, al menos, dejarlo muy debilitado para prevenir nuevas atrocidades. Ya empezó el bombardeo a Gaza, un enclave en el que malviven dos millones de palestinos, atrapados desde hace años entre la dictadura de Hamás y el cerco militar y económico de Israel (y Egipto).
La humillación permanente es caldo de cultivo de un ciclo de violencia y odio que se transmite generacionalmente.
Mucho me temo que el contraataque será un castigo colectivo indiscriminado, prohibido por el derecho internacional, pero ¿quién para hoy a Hamás de esconderse entre la población civil y a Israel de atacar cualquier cosa que le parezca conveniente? Implicará un combate urbano casa por casa, que es una forma de guerra particularmente sangrienta y costosa, pues la gente vive en el mismo escenario de la pelea. Cada cocina y sala es una trinchera y los muertos los ponen las familias. Una terrible tragedia.
Los expertos dicen, siendo optimistas, que esta fase del conflicto terminará con una tregua, producto de una mediación internacional (la alternativa ni quiero pensarla). Quizá, pero de aquí a allá habrá habido un infierno de muerte y destrucción y las causas del conflicto seguirán vivas, a la espera de un nuevo episodio.
¡Qué impotencia! En tantos lugares del mundo, las tempestades de la guerra están arrinconan a la paz, que es nuestra única esperanza de convivencia civilizada. Tiempos aciagos.
El autor es sociólogo, director del Programa Estado de la Nación.
