
La intervención estadounidense en Venezuela y sus consecuencias, incluyendo la captura del presidente Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores, han dejado de acaparar titulares, lo cual no quiere decir que la intervención esté resuelta.
Con la venia de Washington, Maduro fue reemplazado por Delcy Rodríguez, su vicepresidenta, independientemente del hecho de que esta, como Maduro, fuera elegida de manera fraudulenta. Está claro que a la administración republicana la legitimidad democrática –o la ausencia de ella– la tiene sin cuidado. Washington está, sobre todo, interesado en las ganancias que pueda obtener gracias al relanzamiento de la economía venezolana, para lo cual necesita estabilidad política, paz social y un clima favorable para los negocios, empezando por el petrolero.
Como sabemos, Venezuela es uno de los países más ricos de Suramérica: posee las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo, además de importantes depósitos de gas natural, oro, hierro y bauxita. Es rica en esas tierras raras indispensables para la fabricación de chips electrónicos y tan apetecidas por la industria armamentística moderna. Las amplias planicies que se extienden desde el mar Caribe hasta la cordillera andina, los famosos llanos venezolanos, son propicias para la agricultura intensiva a gran escala.
Bien administrada, Venezuela es una “mina de oro” que Trump y sus socios pretenden gestionar con el fin de sacarle el mayor provecho.
La fracción “rodriguista” del chavismo –liderada por Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, máximo órgano legislativo, y su hermana Delcy, a la cabeza del Ejecutivo– parece dispuesta a administrar el país en beneficio del capital multinacional a cambio de regalías para Venezuela, en un gran experimento neocolonial del siglo XXI. Washington ha ido poco a poco desmantelando las sanciones que hasta ahora estrangulaban a la economía local.
El experimento parece encaminarse hacia una modernización acelerada del sistema económico, gracias a una legislación muy favorable a la inversión extranjera con el fin de atraer en un corto plazo a las grandes multinacionales petroleras, mineras y agrícolas.
En el plano político, los hermanos Rodríguez prometen estabilidad en tres niveles: en el plano de la estructura de poder, o sea en la cúpula, se trata de ir desplazando a las facciones chavistas rivales, reemplazándolas en los puestos clave con aliados de su confianza. Por ejemplo, el general Padrino, ministro de Defensa, uno de los pilares del chavismo original, fue puesto a retiro y sustituido en el Ministerio por el director de la inteligencia militar y jefe de la guardia de honor de la presidenta encargada.
Padrino, sin embargo, no ha sido purgado propiamente dicho; ha sido desplazado y fue nombrado recientemente como ministro de Agricultura. Diosdado Cabello, otro de los grandes pilares del chavismo histórico, hasta ahora se mantiene como ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz.
En el plano político más general, los hermanos Rodríguez han decretado una amnistía selectiva. Se mantiene la represión, pero de manera focalizada, y no se prevén elecciones en el corto plazo, ni tampoco el retorno de los políticos de oposición más relevantes.
Finalmente, a nivel de las bases, este chavismo de nuevo cuño ha permitido la organización de manifestaciones reivindicativas de orden salarial y ha prometido una revalorización del poder de compra de los asalariados en el corto plazo.
A los ojos del presidente Trump, el experimento ha sido hasta el momento tan exitoso en Venezuela que lo ha querido reproducir en Irán, pero el régimen de los ayatolás ha resultado sorprendentemente monolítico e ideológicamente más compacto que el régimen chavista, pese a la eliminación de gran parte de la plana mayor, tanto entre los altos mandos de la Guardia Republicana como entre el establishment religioso.
En Venezuela, Trump consiguió “el cambio de régimen” en unas cuantas horas, y va rápidamente en pos del establecimiento de un nuevo tipo de protectorado. La gran mayoría de los analistas duda de que en Irán consiga algo parecido.
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Cristina Eguizábal Mendoza es politóloga.