
A lo largo de las últimas décadas, distintos autores han insistido en que la simulación digital tiende a convertirse cada vez más en una forma de arte. Señalan cómo este recurso incide directamente en la manera en que percibimos y asimilamos el conocimiento. Sin duda, la inteligencia artificial (IA) ha acelerado esta tendencia y facilitado sus desarrollos.
Observar el impacto de simulaciones con tecnología de realidad aumentada tridimensional (RA-3D) sobre restos arqueológicos reales constituye una experiencia humana singular, casi onírica. El caso de los Foros Imperiales de Roma es un estupendo ejemplo.
Esta producción evidencia cómo estos recursos potencian la comprensión histórica y cultural y amplifican el disfrute de una también irremplazable visita tradicional. La experiencia “aumentada” constituye una aventura cognitiva, histórica y estética complementaria, muy impresionante.
Cuando los gráficos y la información digital se proyectan sobre los restos arqueológicos del Foro romano, las ruinas adquieren vida y se convierten en edificios plenos, llenos de luz, tal como la investigación reciente nos dice que eran en tiempos de la Roma antigua.
Lo real y lo virtual se funden mientras nos desplazamos entre estructuras y ambientes vívidos que zanjan dos milenios de historia: lugares que toman aún más vida cuando caminamos entre mármoles de colores, observamos a jóvenes que asisten a la escuela o escuchamos a personajes históricos desplazarse por salones y plazas donde pronuncian discursos y hacen intervenciones. Gracias a una intensa y seria labor de investigación y desarrollo, experimentamos todo casi como si fuera actual y vivo. Nosotros acabamos estando en medio de aquel mundo.
La percepción, la memoria, el pensamiento y la emoción se activan al unísono, de una manera tan natural como intensa. De repente, como diría el poeta, crítico y filósofo inglés Samuel Taylor Coleridge, “voluntariamente, suspendemos la incredulidad”. La experiencia resulta sobrecogedora. En un instante, aceptamos lo virtual como real. Apreciamos justo lo que algunos destacados líderes del diseño de interfaces computadora-humano aspiran a lograr en los productos digitales de alta calidad.
Es imposible no recordar los planteamientos de la diseñadora de videojuegos e investigadora estadounidense Brenda Laurel cuando atravesamos experiencias inmersivas de este tipo. Ella fue, quizá, la primera en señalar, en 1991, y reiterar, en 2013, que la producción digital guarda enormes similitudes con la teatral.
En su libro Las computadoras como teatro, la autora señala que las buenas interfaces tecnológicas están directamente relacionadas con la creación de mundos imaginarios vinculados a la realidad, mundos “en los que podamos extender, amplificar y enriquecer nuestras capacidades para pensar, sentir y actuar”.
En la impresionante experiencia inmersiva de los Foros Imperiales de Roma estamos ante ese tipo de fusión de realidades –materiales y percibidas– inducida por medios digitales: ¡un poderoso y formativo acontecer potenciado por innovadoras herramientas tecnológicas!
Este es un fantástico recurso para el aprendizaje y la revitalización del interés en la historia y la arqueología; también para la museografía y el turismo contemporáneos. La recreación de momentos históricos in situ, es decir, precisamente donde la realidad se afincó un día lejano, resulta de particular interés para grandes grupos de personas –muchas de ellas, jóvenes– que están sedientos de experiencias nuevas y, muy particularmente, de aquellas expresamente vinculadas a la virtualidad.
La producción de realidad aumentada tridimensional en sitios históricos, que ha venido desarrollándose sobre todo a lo largo de las últimas dos décadas, es un proceso complejo. Su éxito depende de un trabajo arduo y meticuloso.
Más allá de la comprensión profunda del contexto histórico y humano que se aborda, demanda la milimétrica reconstrucción digital de espacios y tiempos. Exige rigor científico y dominio tecnológico y estético. Estas creaciones son imposibles sin la alineación detallada de amplios equipos multidisciplinarios. Se trata, también, de experiencias que requieren recursos financieros que permitan contar con grupos humanos y recursos tecnológicos de alto nivel.
No debe sorprender que Italia haya asumido un liderazgo en este campo. Los restos arqueológicos constituyen una base de valor extraordinario. El país cuenta, además, con un riquísimo conocimiento especializado y con la capacidad tecnológica, cultural, artística, imaginativa y financiera para realizar este tipo de producciones con la alta calidad y fidelidad histórica que requieren. Muchas de ellas son producto de proyectos asociados a alianzas público-privadas que cuentan con el respaldo de gobiernos locales, universidades y empresas tecnológicas de primer orden.
Noche a noche, en primavera y verano, cientos de personas se acercan a estos recorridos que combinan lo real y lo virtual. Sus testimonios recogen el impacto que tienen como experiencia humana y el gozo que generan.
Al concluir este deslumbrante recorrido por los Foros Imperiales, ya avanzada la noche, el visitante desemboca de nuevo en la Vía de los Foros. La majestuosa Roma contemporánea de repente está allí afuera, luminosa y oscura al mismo tiempo, enmarcada por un cielo azul lleno de estrellas. La madrugada avanza. Recorre la ciudad, sin hacer ruido, sobre una espléndida tridimensionalidad de claroscuros que le es propia.
En lo alto de aquel inmenso cielo, unas cuantas gaviotas despliegan un lento y reiterado vuelo sobre la Ciudad Eterna, ahora despojada de toda magia tecnológica. Los graznidos de estas aves nos traen al presente y nos conminan a pensar en el mar.
Nos llevan más allá, buscando imaginariamente el Mediterráneo, que está a unos cuantos kilómetros, en el fondo de cuyas aguas y por cuya superficie aún hoy discurren milenios de historia silenciosa. Quizá esas gaviotas lo ignoren, pero vuelan –al igual que nosotros– sobre el mar de los tiempos.
clotilde.fonseca@me.com
Clotilde Fonseca es exministra de Ciencia y Tecnología y exdirectora ejecutiva de la Fundación Omar Dengo.