Nuria Marín Raventós. 19 agosto, 2017

Gracias al Teatro Nacional, al Ministerio de Educación y al Centro Israelita de Costa Rica, apreciamos el espectacular montaje de la obra Una niña llamada Ana, escrita por José Fernando Álvarez y dirigida por Gladys Alzate.

En las actuaciones de Mar Jiménez y Adriana Álvarez se rescatan las vivencias y reflexiones de la inmortal Ana Frank, una niña entre los 13 y 15 años que vivió por más de dos años en la clandestinidad, mientras el mundo se debatía en el conflicto más mortífero de la historia, la Segunda Guerra Mundial, a la vez que se vivía una de las páginas más oscuras de la humanidad: el Holocausto.

Concebida para educar a nuestros jóvenes sobre lo que los odios por razones religiosas pueden generar, también muestra la otra cara, la de los valientes y solidarios cuidadores dispuestos a exponer sus vidas, como cordón de aprovisionamiento y de noticias para las ocho personas que se escondían en “la casa de atrás”.

A través de su inseparable compañero, su diario, Ana nos lega relatos de su vida en cautiverio, sus transformaciones de joven niña a mujer, su primer y único amor, sus reclamos de adolescente y de mujer joven que se niega a dar concesiones aun en el entorno más adverso. “Yo sé lo que quiero, tengo un objetivo, una opinión, tengo una religión y amor. Déjame ser yo misma. Sé que soy una mujer, una mujer con fuerza interior y un montón de coraje”.

Pese a la adversidad, se resistía a caer en la debilidad, el pesimismo o a concentrarse en el mal. Por el contrario, nos invita a ver lo positivo y hermoso de la vida: “No pienso en la miseria, sino en la belleza que aún permanece”. “Toda persona tiene dentro de ella algo bueno”. “Qué maravilloso es que nadie tenga que esperar un instante antes de comenzar a mejorar el mundo”.

Capturados en 1944 y trasladados a campos de concentración, solo sobrevivió Otto, el padre. Ana sería una víctima entre los 6 millones de judíos que murieron en la “solución final”, el programa de exterminio nazi. Su poderosa voz nos recuerda la importancia del amor, el apreciar lo bueno y la belleza pero que también jamás nunca debemos olvidar.

Cuando el odio, el racismo y la xenofobia resurgen en lugares como Charlottesville y en algunos países de Europa, qué mejor momento para recordar y educar sobre adonde esta vergonzosa ruta llevó a la humanidad, ruta que debemos evitar a toda costa.