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¿Podrá la nueva presidenta tener autonomía? Apuesten, señoras y señores

¿Tendremos ministros-rectores de sus correspondientes sectores o simples secretarios cuyo puesto está a disposición del caudillo? ¿Podrá la presidenta tener autonomía? Apuesten, señoras y señores, el casino está abierto

Foto de Jorge Vargas Cullell, columnista de La Nación de Costa Rica
Jorge Vargas Cullell, sociólogo, director del Programa Estado de la Nación Mayela López, fotógrafa de La Nación

Los partidos altamente organizados tienen un importante punto en común con los movimientos caudillistas, a pesar de ser tan diferentes como el agua y el aceite. Empecemos con las diferencias. Esos partidos cuentan con estructuras jerárquicas estables, ideología y programa definidos, liderazgos institucionalizados, vida interna con congresos y formación de cuadros, militantes acreditados y fracciones que se despellejan a dentelladas pero sin salirse del canasto. Varios partidos europeos y, ciertamente, los partidos comunistas de China y Vietnam se acercan a este perfil.

En cambio, los movimientos caudillistas son como agarrar aire con las manos: sus estructuras son fluidas, funcionan con base en redes informales de influencia, carecen de ideología y programa claros y sus cuadros son estrellas fugaces, que aparecen y desaparecen. Lo único real en ellos es el (o la) líder, el alfa y omega del movimiento, el oráculo que determina quién es quién y qué debe hacerse (y cómo), objeto de adoración mística, pues se le atribuyen cualidades extraordinarias. Pensemos en el peronismo o el chavismo venezolano (y su variante costarricense), para citar algunos.

Y, sin embargo, organizaciones políticas tan disímiles comparten una capacidad inusitada de premio y castigo a sus miembros. En un partido, el que se opone a la línea partidaria queda “fuera de la foto”, cosa que en el caso del partido chino, puede significar cárcel o plomo. Incluso en partidos democráticos como los ingleses hay una figura llamada el whip (látigo), que asegura la obediencia y ¡cuidado quién no! En un movimiento caudillista, el látigo no está institucionalizado, pero es igual o más fuerte. Depende de la voluntad del líder, quien sube o baja el pulgar a placer. Para ponerlo en palabras del profeta Trump: “El único límite es mi mente y mi moralidad”. Quizá el único matiz es que el castigo puede ser más errático.

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