Así como comenté positivamente el plan piloto para niños de 3 años en preescolar, esta semana destaco mi preocupación por la decisión del Ministerio de Educación Pública de pasar a los estudiantes de tres centros educativos de Alajuelita a educación virtual, una decisión que implica un retroceso muy preocupante por tratarse de niños y jóvenes en condiciones de vulnerabilidad.
Las instalaciones del Liceo de Alajuelita, el Liceo Teodoro Picado y la Escuela de calle El Alto serán cerradas por su deterioro, lo que califica como emergencia. Esto es perfectamente justificable en aras de mejorar su infraestructura, y lo celebro. Pero lo criticable es la alternativa fácil que adoptaron: mandar a la población a un sistema virtual, sin garantía de que todos los estudiantes contarán con computadoras y conectividad, dando como alternativa “guías de trabajo” en hojas cada 15 días.
Bien sabemos que esta práctica fue parte de lo que aceleró el “apagón educativo” que aún cargamos como rezago. No es posible que se cierren estos centros sin ofrecer a sus alumnos otra opción, excepto por los de undécimo año.
Las familias recibirán paquetes de alimentos, una ayuda que resulta importante y necesaria. Sin embargo, la decisión no toma en cuenta a la alta población de madres jefas de hogar que son el sustento de esas familias. ¿Quién cuidará y dará seguimiento a estos niños, si la madre debe salir a trabajar?
Frente a una realidad como esta, alternativas posibles podrían ser: a) transportar a los niños y jóvenes a centros cercanos cuya población se ha reducido por la baja en natalidad; b) usar instalaciones públicas desocupadas y convertirlas provisionalmente en aulas; c) pedir ayuda a la empresa privada, la sociedad civil y las iglesias de la zona. Estoy consciente de que no hay una solución única; por eso, se deben tocar distintas puertas.
Es el momento de aprovechar las 40.000 computadoras embodegadas, de pedir conectividad al ICE y de utilizar los fondos de Fonatel, tan subutilizados, pese a que fue creado con la noble meta de cerrar la brecha digital. Es el momento de dar la milla extra; el esfuerzo que se haga evitará dejar a la deriva o reducirle las desventajas a una población que nos necesita, pero carece de voz.
nmarin@alvarezymarin.com
Nuria Marín Raventós es politóloga.