
Igual que los incendios forestales, las guerras en Oriente Medio no suelen quedarse en el lugar. Los africanos hemos aprendido esta lección muchas veces, y ahora una vez más. Mientras vuelan misiles y arden infraestructuras petroleras, una catástrofe silenciosa se desarrolla en nuestro continente. Su medida no está dada en bajas de combate, sino en surtidores de combustible vacíos, pan inasequible y balances fiscales al límite de su capacidad.
Esta última crisis geopolítica no es un fenómeno lejano. La tenemos justo delante, visible en los presupuestos públicos y en las mesas. Muchas economías africanas son importadoras netas de petróleo y gas, lo que las deja muy expuestas a cualquier alteración en las cadenas de suministro dependientes de Oriente Medio. Pero ni siquiera países productores de petróleo (como el mío, Nigeria) están a salvo. Los precios locales de la gasolina ya subieron un 50%, al multiplicarse los costos de los seguros de transporte marítimo y huir el capital hacia mercados que parecen más seguros.
Y las consecuencias no se quedan en los surtidores. Más o menos un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes pasa por el estrecho de Ormuz. Los precios ya aumentaron más de un 40%, justo cuando empieza la temporada de siembra en África Occidental y Central. Si no se aplican fertilizantes ahora, se perderán cosechas.
En la India (segundo consumidor mundial de fertilizantes), el gobierno está buscando suministros de emergencia antes de que empiece la temporada de siembra, en junio. Pero la mayoría de los gobiernos africanos no tienen tanto margen fiscal o influencia diplomática como la India. Su única alternativa es prepararse para rendimientos más bajos, encarecimiento de los alimentos y aumento del hambre.
Ante esa perspectiva, los gobiernos harán lo de siempre: usar subsidios para proteger a los consumidores de las subidas de precios más altas. Pero será costoso, porque tendrán que endeudarse a tipos de interés exorbitantes.
Con costos de servicio de la deuda ya elevados, esta dinámica se está convirtiendo en uno de los aspectos más crueles de las repercusiones mundiales de la guerra. La persistencia de presiones inflacionarias anuló las esperanzas de un descenso de tipos de interés. Pero las economías africanas no pueden contar con obtener préstamos concesionales a gran escala, sino que deben endeudarse a los tipos de mercado (que están en alza).
Doce países en desarrollo (entre ellos Kenia, Ghana, Costa de Marfil y Egipto) enfrentan al mismo tiempo aumento del costo de endeudamiento y vencimientos de deuda superiores a la media durante este año: una combinación que no deja margen para el error. El capital privado se está yendo justo cuando aumenta la urgencia de invertir en un modelo agrícola, energético e industrial sostenible.
Para colmo de males, los países africanos perderán el acceso al capital del Golfo (que, en los últimos tiempos, se había convertido en una fuente significativa de financiamiento para su desarrollo), al redirigir los gobiernos del Consejo de Cooperación del Golfo los recursos hacia la reconstrucción y el gasto militar. Es decir, que África pierde por partida doble: primero por el shock en sí, y después por el retiro de fondos que podrían amortiguarlo.
Todo esto encierra una amarga ironía. Ya se ha dicho muchas veces que, aunque África contribuyó muy poco al cambio climático, se espera que asuma una parte desproporcionada de los costos. Ahora estamos absorbiendo los costos de otro problema global que tampoco causamos, y se nos está cerrando la vía de salida (poner fin a la dependencia de los combustibles fósiles acelerando la transición a las energías renovables).
Aunque hoy los parques solares y eólicos son baratos en términos de costo a lo largo de la vida útil, el financiamiento inicial necesario para su construcción a gran escala sigue fuera del alcance de países a los que les cuesta pagar las deudas que ya tienen. La matemática implacable del sistema financiero actual implica que los países más expuestos a perturbaciones en los mercados de combustibles fósiles son los que menos capacidad tienen para invertir en las alternativas.
Nada de esto es nuevo para nosotros. La pandemia de covid-19 reveló las mismas vulnerabilidades estructurales. Pero muchos dieron por sentado que crisis como estas eran excepcionales y manejables. La enseñanza que deberíamos haber extraído es diferente: el sistema no funciona, y cada nueva perturbación no hace más que agravar el daño de la anterior. Por patear el problema para adelante, hoy tenemos las consecuencias que enfrentamos.
¿Qué se puede hacer? En la Iniciativa de los Líderes Africanos para el Alivio de Deudas, llevamos mucho tiempo defendiendo una estrategia bimodal. Para los países más endeudados, la única solución es una reestructuración integral de la deuda. Sus gobiernos necesitan un proceso predecible, justo e inclusivo con participación de todos los acreedores (bilaterales, multilaterales y privados). El Marco Común del G20 fue un buen comienzo, pero resultó demasiado lento. Los países no pueden esperar años hasta conseguir alivio.
La segunda parte de la estrategia es para todos los países en desarrollo: hay que reducir el costo del capital. Las instituciones multilaterales pueden ayudar con mejoras de los perfiles crediticios, provisión de garantías y mecanismos de suspensión de deuda. Pero aunque estas herramientas darían a los gobiernos margen para invertir (en vez de limitarse a sobrevivir), no se ha hecho de ellas un uso suficiente.
Esto tiene que cambiar, y una parte del margen fiscal liberado se tiene que destinar a la transición energética. La infraestructura de energía renovable no es un lujo; es una cobertura estratégica contra perturbaciones como la que hoy enfrenta África. No puede ser que países que generan su propia energía a partir del sol y el viento se conviertan en rehenes de conflictos lejanos o de la volatilidad de los mercados de commodities.
El momento que vivimos, a pesar de todos sus horrores, trae consigo una oportunidad. Puso de manifiesto un problema que muchos preferían ignorar: que la arquitectura financiera internacional no es adecuada para un mundo de perturbaciones en serie, márgenes fiscales en disminución y necesidades humanas crecientes.
Cuando esta verdad básica se vuelve innegable, la reforma se vuelve posible. El continente no puede seguir absorbiendo los costos de un sistema en cuyo diseño no participó, ni se le debe negar la financiación que necesita para trazar una salida de la vulnerabilidad.
Yemi Osinbajo es exvicepresidente de Nigeria y miembro de la Iniciativa de los Líderes Africanos para el Alivio de Deudas. Traducción: Esteban Flamini. Copyright: Project Syndicate, 2026.