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Administrar un nuevo orden en Oriente Próximo

La verdadera historia está en el Mediterráneo oriental, donde el desarrollo de grandes reservas de gas podría conducir a una cooperación profunda o generar más conflictos

En todo Oriente Próximo, las alianzas están cambiando de maneras inesperadas. ¿Qué implica la configuración emergente para una región que transita, al parecer eternamente, una línea delgada entre la guerra y la paz?

Los cambios en curso están esencialmente motivados por la creciente influencia de Irán. Los países del Golfo, por temor a que Estados Unidos, su aliado de larga data, no esté dispuesto a hacer lo suficiente para frenar el ascenso de Irán, se están acercando simultáneamente a la República Islámica y procurando vínculos de seguridad más profundos con Israel.

Mientras tanto, la relación históricamente estrecha entre Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, los pesos pesados regionales, se está volviendo cada vez más tensa.

Pero Irán no es el único factor. En el Mediterráneo oriental, el descubrimiento de reservas de energía en aguas israelíes, chipriotas y egipcias en los últimos diez años ha unido a viejos enemigos. Jordania tiene un acuerdo de 15 años para comprarle gas a Israel, a pesar de las tensiones políticas entre los dos países.

Incluso Egipto, país rico en gas, está comprando suministros israelíes —un cambio con respecto a hace apenas diez años, cuando Egipto suministraba alrededor del 40 % del gas de Israel— para potenciar su perfil como centro de tránsito de energía. (Las superpotencias energéticas como los Emiratos Árabes Unidos y Catar también han adquirido participaciones en yacimientos de gas en el Mediterráneo, en una apuesta destinada a eludir el canal de Suez).

Ahora está surgiendo una comunidad energética del Mediterráneo oriental. El primer Foro del Gas del Mediterráneo Oriental (EMGF), una actividad anual, se llevó a cabo en El Cairo en el 2019. El año pasado, ese foro se convirtió en una organización intergubernamental, con un grupo de miembros excepcionalmente dispar: Chipre, Egipto, Grecia, Israel, Italia, Francia, Jordania y la Autoridad Palestina.

La noción de que esto conducirá al surgimiento de una unión político-económica en el Mediterráneo oriental podría parecer descabellada. Pero no sería la primera vez que una alianza de seguridad energética da lugar a una comunidad estratégica regional: la Comunidad Económica Europea surgió de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en los años 50.

Israel, por un lado, tiene buenos motivos para seguir profundizando su compromiso con socios en el Mediterráneo oriental. Grecia ya ofreció acceso a su espacio aéreo para el entrenamiento de la fuerza aérea israelí, a cambio de gas, tecnología de defensa e inteligencia militar israelíes.

En el pasado mes de abril, Grecia fue sede de un ejercicio multinacional, en el que aviones de los Emiratos Árabes Unidos volaron junto con aviones de combate israelíes. Israel podría logar un nivel de profundidad estratégica en el Mediterráneo oriental que nunca consiguió en el Oriente Próximo continental.

Pero un país está conspicuamente ausente de los esfuerzos recientes por profundizar la cooperación en el Mediterráneo oriental. Turquía ha estado empantanada en disputas marítimas con Grecia prácticamente mientras han existido los dos Estados, y ahora están en total desacuerdo por reclamos contrapuestos de reservas energéticas en aguas en disputa.

Grecia es parte de dos bloques de los que Turquía forma parte: uno con Chipre y Egipto; el otro, con Chipre e Israel. Este último grupo acordó en enero del 2020 construir un gasoducto en el Mediterráneo oriental para transportar gas a Europa, reduciendo así la dependencia energética de la Unión Europea de los suministros rusos.

Para Turquía, que durante mucho tiempo ha intentado posicionarse como un actor central para cualquier corredor de energía entre el Mediterráneo oriental y Europa, esta es una muy mala noticia.

Las relaciones de Turquía con sus aliados de la OTAN en Europa ya se han deteriorado marcadamente. El verano pasado, buques turcos ingresaron a aguas en disputa entre las islas griegas de Rodas y Kastelorizo, e instó a Grecia a trasladar casi toda su flota naval a la zona, mientras que un contingente naval francés también ofreció su apoyo. Solo la intervención de la canciller alemana, Angela Merkel, evitó un estallido.

En este momento, la apuesta de Turquía para integrar la UE prácticamente está enterrada. Sin embargo, el país también se ha visto frustrado en sus esfuerzos por asumir un papel estratégico mayor en Oriente Medio. En el 2019, cuando Turquía firmó un acuerdo con el gobierno internacionalmente reconocido de Libia, liderado por el primer ministro Abdul Hamid Mohammed Dbeibé, para defender la zona económica exclusiva de Libia según el Derecho del Mar, en parte buscaba asegurarse de que ningún proyecto del EMGF en la zona pudiera excluirla.

En términos más amplios, Libia se ha convertido en un teatro para la confrontación ideológica, en el cual Turquía, junto con Catar, favorece a Dbeibé, un viejo aliado de la Hermandad Musulmana y de grupos salafistas, mientras que Egipto y los Emiratos Árabes Unidos respaldan al comandante del Ejército Nacional Libio, el mariscal de campo Jalifa Hafter. Rusia también pelea junto con las fuerzas rebeldes de Haftar en Libia, como parte de una estrategia regional que tiene tanto que ver con la energía como con la geopolítica.

Rusia tiene una participación del 30 % en el yacimiento de gas offshore Zohr de Egipto y un 20 % en un emprendimiento conjunto de exploración gasística en el Líbano. También ha adquirido grandes concesiones de gas de su régimen cliente en Siria y participa en proyectos de petróleo y gas en el Kurdistán iraquí. Y el gasoducto TurkStream, que provee a Turquía, fue inaugurado el año pasado.

Rusia aspira a que la UE siga dependiendo de su gas y pretende crear un nuevo corredor de gas hasta el sudeste de Europa. Pero la amenaza que plantea para los intereses medulares de Occidente es manejable. Si bien Rusia es una fuerza por tener en cuenta en el Mediterráneo oriental, carece de las capacidades económicas y militares necesarias para desempeñar el papel de un poder hegemónico regional indiscutido.

Finalmente, Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar de Oriente Próximo, y un garante indispensable de la estabilidad regional a pesar de los temores de sus aliados del Golfo y de su retiro de Afganistán.

Estados Unidos, con sus aliados de la OTAN, está posicionado como nadie para presionar a las potencias contra el statu quo, desde Irán hasta Turquía y Rusia, y garantizar la libertad de navegación en el Mediterráneo oriental.

Pero una confrontación directa no haría más que alimentar el caos, con resultados potencialmente catastróficos. Por el contrario, Estados Unidos debería utilizar su posición sin parangón para convencer al EMGF, en el que participa como observador, de llegar a un modus vivendi con Turquía, y ofrecerle cierto acceso a la membrecía y, llegado el caso, también una participación en exploración y un acuerdo de distribución de ingresos.

En resumen, Estados Unidos debe mostrar el mismo tipo de diplomacia equilibrada que muchas veces ha utilizado para impedir la confrontación entre sus propios «amigos enemigos» (aliados de Estados Unidos, pero enemigos entre sí) en el este de Asia.

Shlomo Ben Ami, exministro de Relaciones Exteriores israelí, es vicepresidente del Centro Internacional Toledo para la Paz.

© Project Syndicate 1995–2021

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