Abril, la más reciente película de Hernán Jiménez, es un viaje hacia las cosas esenciales, pero también es un canto de amor a la ciudad de San José. Esto es bastante poco común en Costa Rica si pensamos que nos hemos ido acostumbrando a ver a Chepe como “el lugar más feo del mundo en el (ex)país más feliz”.
Yo mismo me he sorprendido diciéndoles a los amigos extranjeros que vienen a Tiquicia: ¡pero no pase por San José!, como si quisiera remedar el gesto de William Walker cuando quemó la ciudad de Granada, Nicaragua, en 1856, y ordenó a sus tropas clavar un rótulo de advertencia: “Here was Granada”.
¿San José estuvo aquí o, querámoslo o no, sigue existiendo? En su cine, Jiménez va a contrapelo de esta tendencia de ver a San José como si no existiera o no nos importara que se cayera a pedazos, en un ejercicio de indiferencia política y sobrevivencia psicológica.
Desde A ojos cerrados (2010), su ópera prima, y, sobre todo, a partir de su segunda película, El regreso (2011), el cineasta ha creado historias para plantearse incesantemente una pregunta que es consustancial a la generación globalizada a la que pertenece: ¿de qué lugar somos?, ¿a qué lugar pertenecemos?, ¿dónde podemos ser lo que somos?
En Abril, Gabriel, un canadiense que recala en Chepe después de una temporada en Buenos Aires, por lo que habla español con acento porteño, vive en un lugar mítico de la noche josefina, encima de la cantina La Bohemia.
En una de las escenas más entrañables de una película llena de ellas, Gabriel defiende que le gusta San José delante de la mirada atónita de los josefinos que lo acompañan. Gabriel no puede creer que no le crean y argumenta que le gusta vivir aquí, que se siente bien entre sus habitantes y que ama la manera en que le dicen: “¡Que Dios lo acompañe!”.
Para entonces, Jiménez nos ha convencido. El espectador ha hecho un recorrido visual por algunos de los lugares más extrañamente amados de esta ciudad secreta, desconocida y olvidada que es San José.
La mirada de Jiménez se difumina en ráfagas de imágenes de cantinas, fachadas carcomidas por el tiempo, fantasmagorías bailando en las vitrinas de pollo frito iluminado por un bombillo, filas frente al bus, parejas o familias tomadas de la mano y líneas paralelas de lo que podríamos llamar una arquitectura menor, en un itinerario por el corazón vibrante de una ciudad que a menudo creemos muerta.
Las películas de Hernán Jiménez son siempre una historia de navegaciones y regresos, una diminuta odisea a la patria de cada uno. Y esta parece ser su patria, al menos en esta película.
La trama principal de Abril es también un regreso. Una madre y una hija juegan a perseguirse las sombras sin poderse encontrar. Cada una extiende la mano intentando tocar a la otra en un gesto que repetirán el resto de su existencia.
La vida es un viaje interminable de ida y vuelta, parece decirnos Hernán Jiménez, y, para mostrárnoslo, se vale de una ciudad invisible, que se vuelve real en pantalla, de un grupo de personajes rotundamente tangibles y frágiles, y de algunas de las imágenes más hermosas que nos entrega nuestro cine.
Una de esas imágenes es la de una madre soñada por su hija bajo la luz cenital e iridiscente de una bola de discoteca en un salón de patines. Hernán Jiménez la filma como si fuera una de esas burbujas de cristal que traemos de un viaje o tal vez como una gota de ámbar capaz de guardar la emoción más profunda que hemos vivido.
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Carlos Cortés es escritor y profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR).