Digamos que, en efecto, lo de la III República, pese a la espera esperanzada, no sea más que un eslogan y algunas consignas. Más aún, supongamos que son palabras para enmascarar el intento por alterar el balance de poderes a favor del Ejecutivo y debilitar el Legislativo y Judicial. En regímenes presidencialistas como el nuestro, eso se llama concentración presidencial de poderes.
Aun en este infortunado, mas no improbable supuesto, lo de la III República podría valer la pena. Y no, no en el sentido de “hagamos ya una constituyente para tener una nueva Constitución Política”. Eso es poner la carreta antes de los bueyes. La literatura sobre reformas constitucionales sugiere que, antes de cambiar a fondo una constitución, primero debe alcanzarse un amplio acuerdo político sobre la sociedad que se quiere lograr. De lo contrario, se producen “trajes a la medida” a favor de los más fuertes y el resultado es inestable.
Hay otro sentido en que eso de la III República puede ser útil: para inaugurar una deliberación democrática sobre la Costa Rica del futuro. La clave son los objetivos y las preguntas que abordaríamos. Podríamos usar ese eslogan como excusa para construir un acuerdo político sobre las bases de la sociedad del 2050. Y para encontrar respuestas sobre temas de fondo: ¿cómo estimular mejoras generalizadas y sostenidas de productividad que generen más equidad e inclusión social? ¿Cuáles son las reformas al Estado y cómo adaptar el sistema tributario a esos cambios? ¿Cómo enfrentar el envejecimiento poblacional y la crisis climática para crear una sociedad más resiliente? ¿Cómo cambiar la democracia electoral para mejorar la representatividad y participación ciudadana?
Esta deliberación es urgente. El rumbo actual del país no tiene a nadie contento. Aprovechemos esta situación para hacer algo positivo. ¿Por qué no?
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.