
“¿Ya hiciste el check-in para tu vuelo de hoy?" Eso fue lo primero que leí hoy al despertar. La notificación no sabía que llevaba una semana despertándome con mi hermana al lado, y que con este vuelo venía una despedida más.
Me quedé llorando en silencio para no despertarla, admirando cada facción de su cara que en unas horas iba a dejar de ver. Cuando por fin le toqué el hombro, todavía medio dormida, me dijo con una voz chiquita, casi de niña: “¿Y si no me despierto hoy, y entonces nunca nos tenemos que despedir?”
Le dije con voz quebrada: “Mi niña, más bien despiértate pronto y juguemos a quién dura más sin pestañear. Tal vez así los minutos de hoy se nos hagan eternos”.
Después de dejarla en el aeropuerto, me di cuenta de algo: desde que me fui de Costa Rica, me he despedido de mi familia 28 veces. 28 abrazos en los que quisiera rogarles que no se vayan. Y hoy comprobé algo que sospechaba: la número 28 duele exactamente igual que la primera.
En cada una de ellas, siento un hueco en el pecho, como si una parte de mí, cálida y colorida, muriera con cada despedida. Y es que sí, en cada despedida muere esa idea de que yo iba a crecer y envejecer con mi familia en Costa Rica.
Y es que esa idea no era solo mi sueño, era el único sueño que conocía. Yo crecí pensando que las despedidas de aeropuerto pertenecían a las películas. Incluso, empezando mis veintes, no tenía ejemplos de gente que decidiera irse.
En mi familia, la vida entera cabe en un solo terreno: la casa de mi abuela, las de mis tíos, la de mis papás, todas juntas, puerta con puerta. Mi familia se dice buenos días en persona. Las noticias se dan caminando de una cocina a otra. Nadie nunca necesitó irse.
Pero cuando estaba en el TEC se me abrió una ventana que no supe cerrar. Descubrí que afuera había un mundo entero de investigación, laboratorios y preguntas gigantes esperando quien las trabajara. Era la primera vez en mi vida que algo que yo quería no estaba a diez pasos de la casa de mi abuela.
Buscar esa oportunidad de investigar en el extranjero fue un proceso largo, pero esa misma familia que no concibe vivir a más de diez pasos de distancia fue la que me dió la mano en este sueño. Todos sabíamos el dolor que venía y aún así caminaron de mi lado. Me sostuvieron de la mano hasta la puerta.
Recuerdo uno de esos días en los que esa puerta se sentía más y más cerca. Me habían aprobado la visa para investigar en el laboratorio de mis sueños, en la Universidad de California, San Francisco. Llegué a contárselo a mi abuela con muchísima emoción. Ella me miró con los ojos llorosos, y entre el orgullo y el dolor, lo primero que dijo fue: “Ya usted no vuelve, mija”.
Tenía y no tenía razón. 28 veces he vuelto, pero esas 28 veces también me he ido.
Celia Falicov, una terapeuta que ha estudiado por décadas el duelo migratorio, describe esto como una pérdida distinta a todas: parcial y ambivalente. Yo lo elegí. Nadie me obligó a salir de mi país. Escogí este dolor con los ojos abiertos, persiguiendo un sueño que además se me cumplió.
Y ahí está la trampa, como fue mi decisión, siento que no me toca llorarla, que quejarme sería ser malagradecida con la vida que gané.
La realidad es que elegí esta vida, la volvería a elegir y la lloro cada vez. Las tres cosas son ciertas al mismo tiempo.
Dos vidas a la vez
Así que ahora vivo dos vidas a la vez. En una, investigo en el laboratorio que soñé, en un idioma que no es el mío, construyendo el impacto que fui a buscar. En la otra, sigo siendo la nieta, la hija, la hermana del terreno. Canto los cumpleaños con el delay de la videollamada, veo las actividades por las fotos del grupo de WhatsApp y le digo buenos días a mi mamá, a mi papá, a mi hermana, a mi abuela y a mis tíos por una pantalla.
Y aunque la pantalla no alcanza, esta distancia me enseñó a ver algo que de cerca no se veía: cada vez que siento un hueco en el pecho en el aeropuerto, el cuerpo me está confirmando que allá, en ese terreno, hay una hermana capaz de volar por horas para dormir una semana a mi lado, una mamá que me guarda las noticias chiquitas, una abuela que todavía me espera con un “pan de abuela”.
Duele porque existe.
Mi hermana me preguntó esta mañana si quedándose dormida podíamos evitar que hoy existiera. Ya de noche, con la casa en silencio, le puedo contestar mejor: “No, mi niña, hoy tenía que existir, porque hoy también existió el desayuno lento, una maratón de Twilight y ese abrazo de oso que no queríamos soltar”.
Si borráramos las despedidas, borraríamos las visitas. Y yo prefiero este hueco en el pecho, mil veces más, si así se siente amar tanto.
Y desde ya, empiezo la cuenta regresiva hacia el reencuentro número 29.
María José Durán es la primera costarricense que cursa un doctorado en Bioingeniería en el MIT.
