
Cada día somos más tontos. Los estudios nos dicen que el IQ mundial descendió en la última década 1,8 puntos. También las pruebas PISA de la OCDE, que miden la capacidad de razonamiento abstracto y matemático de los estudiantes, se han ido al pique en todo el planeta.
Y, curiosamente, ello coincide con estos últimos 10 años en que la gente elige a populistas autoritarios en todo el mundo. Votantes de clases medias y bajas que votan por políticos que, paradójicamente, destrozan la salud y la educación pública, que recortan el gasto social que sostiene justamente a esas clases medias y bajas. De Milei a Bukele, desde Trump hasta de la Espriella, en Colombia, incluido el ascenso de la extrema derecha nazi en Alemania, que acaba de ganar el distrito de Sajonia.
¡Y, atención! Todos ganaron por medio de las urnas, por la vía democrática. Hasta la propia Angela Merkel, a quien nadie puede acusar de “zurda” o comunista –por cierto, el último insulto trasnochado que algunos personajes utilizan por estos patios para tratar de descalificar adversarios–, está alarmada. “Me sangra el corazón”, dijo la excanciller alemana ante la elección de Sajonia y lo que está sucediendo en el mundo.
La democracia republicana, el principio de división de poderes, el rule o law o Estado de derecho, la independencia del Poder Judicial... todo lo que construimos desde la Ilustración lo están destrozando, tirando a pedazos. Insultan a las personas y las instituciones; descalifican al Poder Judicial y los mecanismos de control; enardecen a la gente pegando gritos y apelando al cerebro límbico o “cerebro reptiliano”. ¿Les suena familiar? ¿Les suena a Zapote? Y el insulto y los gritos son más efectivos que la razón cuando la gente no está acostumbrada a pensar, a razonar inductiva y deductivamente. Y esto tiene que ver con la otra pieza del rompecabezas: la reducción del IQ mundial.
El efecto Flynn inverso
¿Qué sucedió? Los expertos llaman a esto el efecto Flynn inverso, en honor al neozelandés James Flynn, quien documentó –junto con otros investigadores posteriores como Hermstein y Murray–, que desde 1938 hasta 2008, el IQ mundial subía 2 o 3 puntos por décadas. Pero a partir de 2015 y 2016, empezó a bajar. Todo empezó a retroceder. ¿Qué ocurrió?
Lanzo mi hipótesis: las redes sociales. El universo de la instantaneidad, el mundo de Instagram y de TikTok, que atrapa a la gente hasta tres o cuatro horas fraccionadas de sus días (en todo momento, desde que se levantan hasta que se acuestan). La vida se ha reducido a comunicaciones de 10 o 15 segundos, a likes y satisfacciones momentáneas. Esta volatilidad está embruteciendo al planeta.
La gente ya no lee libros. La vida se ha limitado a likes y pequeños paroxismos de pacotilla; una existencia reducida a algoritmos, a satisfacciones primarias y pueriles. Los psicólogos reportan que muchos adolescentes se están suicidando por no tener suficientes likes, por no ser “alguien” en las redes. El ego dependiendo del universo de la red y su vacuidad. Hasta Orwell se quedó corto.
¿La solución? Volver al esfuerzo sostenido y a los libros
Leer es lo único que puede salvarnos. Es la próxima gran revolución: volver a la lectura, lo que la humanidad hizo por 2.000 años, desde la aparición de los papiros en la cuenca del Nilo, allá por el año 100, como nos recordó Irene Vallejo.
Leer un libro implica dos cosas. Primero, voluntad. Es una tarea que requiere esfuerzo: superar el primer capítulo, superar la página 40, la 100 y llegar hasta el final. Eso educa el carácter. Y, lo más importante, es un esfuerzo cognitivo que ejercita la inducción y la deducción, las dos formas básicas del pensamiento desde Aristóteles hasta nuestros días.
Los libros que atraen son los que cuentan historias
Me preguntaba el otro día un amigo (con hijos postadolescentes) cuáles libros habría que promover para combatir esta epidemia. Y aquí va mi lista, personal, arbitraria y subjetiva.
Combina dos cosas que debe tener un libro para atrapar lectores: primero, que cuente una buena historia. Algunos son grandes clásicos milenarios: cuentan grandes historias que han sobrevivido siglos. Y, segundo, que traten los grandes temas del ser humano: el amor, la soledad, la muerte, la alegría. Los otros son clásicos modernos, que también cuentan historias apasionantes e indagan el universo.
Clásicos antiguos:
La Ilíada y La Odisea (Homero): Los grandes poemas épicos que son la metáfora de la vida: el viaje como destino; la fatuidad del honor, la guerra y sus desencantos.
Lisístrata (Aristófanes): La gran comedia de Aristófanes que toda mujer debería leer, sobre todo en estos tiempos de renovado machismo autoritario.
Las mil y una noches: Deliciosa recopilación medieval de cuentos tradicionales de Oriente Próximo.
Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes): La vida como una gesta de honor, y con un objetivo y un destino.
La Divina Comedia (Dante Alighieri): El infierno como metáfora de la vida y de la existencia, una obra maestra insondable, absolutamente interminable.
Clásicos modernos:
Crimen y castigo (Fiódor Dostoyevski): Un profundo viaje psicológico sobre la culpa, la moral y la redención humana a través de un joven estudiante.
Los miserables (Victor Hugo): Un sistema penal y político despiadado que criminaliza la pobreza y aplasta la dignidad humana, hasta culminar en la rebelión de París de 1832.
El Castillo (Franz Kafka): La gran metáfora de nuestra civilización y los intrincados laberintos del poder.
El cero y el infinito (Arthur Koestler): Las purgas totalitarias y el fanatismo ideológico.
La inteligencia de las flores (Maurice Maeterlinck): Hermosos ensayos poéticos sobre la naturaleza y el cosmos.
Bella del señor (Albert Cohen): Una de las grandes obras del siglo XX, el amor y los laberintos de la soledad, y la pequeñez de las ambiciones del poder.
Las ciudades invisibles (Italo Calvino): Marco Polo describe a Kublai Kan 55 ciudades fantásticas. Explora la memoria, el deseo y la estructura narrativa de forma poética.
1984 (George Orwell): Distopía brillante sobre el control mental, la manipulación del lenguaje y los peligros del totalitarismo.
La condición humana (Anna Arendt): Uno de los ensayos filosóficos más importantes del siglo XX. Más vigente que nunca: “la banalidad del mal”.
La máquina del tiempo (H.G. Wells): Clásico de la ciencia ficción y el viaje temporal.
Fahrenheit 451 (Ray Bradbury): Un clásico moderno que defiende el poder de la lectura frente a una sociedad anestesiada por las pantallas y el entretenimiento vacío.
Memorias de Adriano (Marguerite Yourcenar): La gran reconstrucción de un emperador y una época de la humanidad; obra maestra de la estética y de la ética.
El mapa y el territorio (Michel Houellebecq). Sátira brillante y profunda sobre el arte, el dinero, el trabajo y las relaciones en el siglo XXI.
Un mundo feliz (Aldous Huxley). Una perturbadora premonición de una sociedad controlada por la tecnología, el placer de diseño y la pérdida de la individualidad.
Ensayo sobre la ceguera (José Saramago): Una dura pero magistral parábola sobre la ética, la solidaridad y cómo reacciona la humanidad ante una crisis inesperada.
El mito de Sísifo (Albert Camus): Ensayo demoledor sobre la existencia humana y su circularidad cotidiana.
La conjura de los necios (John Kennedy Toole): Una obra maestra. Crítica mordaz a la sociedad contemporánea por un personaje entrañable, gótico y renacentista.
Cien años de soledad (Gabriel García Márquez): La cumbre del realismo mágico que expande la imaginación y ofrece una estructura narrativa compleja y fascinante.
Ficciones (Jorge Luis Borges): El conjunto de relatos que lo volvió un referente mundial; el Homero de nuestro tiempo para escritores de todo el planeta.
Me quedan fuera decenas de nombres enormes que han acompañado mi vida, desde Shakespeare, su Hamlet y su King Lear, hasta Marcel Proust o Stendhal; desde James Joyce hasta el gran León Tolstói de La guerra y la paz. Thomas Mann, Faulkner, Dos Passos, Sartre y Hemingway. Me quedan fuera también autores entrañables como Cortázar, Rulfo, Simenon, Kavafis o Pessoa. Pero ese será otro artículo: los libros que marcan una vida.
Jaime Ordóñez es director del Instituto Centroamericano de Gobernabilidad.
