Cada 15 de setiembre, Costa Rica celebra su independencia con banderas, faroles y desfiles. Recordamos el momento en que dejamos de depender políticamente de España y comenzamos a construir nuestro propio camino. Pero, ¿cómo medimos lo hecho durante 205 años de vida independiente? Bueno, usemos como medida la esperanza de vida al nacer, un indicador relacionado con tener una vida larga y saludable.
La esperanza de vida al nacer resume las condiciones de mortalidad de una sociedad. No indica la edad a la que necesariamente morirá una persona, sino cuántos años viviría, en promedio, si enfrentara durante toda su vida las tasas de mortalidad observadas en ese momento.
Para este análisis se utilizaron datos de James C. Riley (2005); Zijdeman et al. (2015), de la base de datos Clio-Infra; Human Mortality Database (2025), y United Nations, World Population Prospects 2024, compilados y procesados por Our World in Data.
No contamos con una estimación comparable para Costa Rica en 1821; pero usemos la primera observación disponible en esta serie, que aparece en 1875, cuando el país tenía ya 54 años de vida independiente. En ese entonces, la esperanza de vida era de apenas 30,2 años. Esto no significa que todos los costarricenses murieran al cumplir treinta; la elevada mortalidad infantil reducía fuertemente el promedio. Aun así, nacer, enfermar o simplemente crecer era mucho más peligroso que hoy.
En 1900, Costa Rica había avanzado apenas hasta los 32 años, exactamente el promedio mundial. Europa alcanzaba 42,7 años y la primera observación estadounidense del siglo, correspondiente a 1901, era de 49,3. Ochenta años después de la independencia política, Costa Rica todavía se parecía más al promedio mundial que a las sociedades con mayor longevidad.
La gran transformación ocurrió durante el siglo XX. En 1920 alcanzamos 37 años; en 1930, 42; en 1940, 49, y en 1950, 57,5 años. En apenas medio siglo, Costa Rica ganó 25,5 años de esperanza de vida. La independencia frente a España había llegado en 1821, pero la independencia frente a la muerte prematura tardó mucho más en construirse.
En 1950, primer año para el que esta serie permite una comparación anual consistente con América Latina y el Caribe, la región tenía una esperanza de vida de 48,7 años. Costa Rica ya estaba 8,8 años por delante del promedio regional. Sin embargo, Europa alcanzaba 62 años y Estados Unidos, 68,1. Éramos un líder latinoamericano, pero todavía estábamos lejos de las sociedades más longevas y prósperas.
Sin embargo, la distancia se cerró con rapidez; en 1975, Costa Rica alcanzó 70,3 años, prácticamente el promedio europeo de 70,9 y apenas 2,3 años por debajo de Estados Unidos. Siguiendo el análisis, en 1977 superamos a Europa y en 1985, a Estados Unidos. Así, un país pequeño, con mucho menos ingreso por habitante, había logrado mejores resultados de longevidad que economías considerablemente más ricas.
Ahora bien, los datos no identifican por sí solos qué política produjo cada año ganado. Pero una trayectoria así difícilmente puede explicarse sin décadas de inversión en salud pública, vacunación, prevención, agua potable, saneamiento, educación, protección social y crecimiento económico. La longevidad costarricense no fue un regalo de la geografía ni una consecuencia automática del crecimiento económico; fue una construcción institucional.
Ya en el siglo XXI, Costa Rica consolidó esa ventaja, aunque también comprobó que el progreso nunca está garantizado. La pandemia de covid-19 fue una dura advertencia: entre 2019 y 2021, la esperanza de vida costarricense cayó de 80,3 a 78,1 años, mientras América Latina perdió 3,4 años; Estados Unidos, 2,5, y Europa, 1,7.
Sin embargo, para 2023 Costa Rica había recuperado el terreno perdido y alcanzaba una esperanza de vida de 80,8 años. Bajo las condiciones de mortalidad de ese año, una persona nacida en Costa Rica podía esperar vivir alrededor de año y medio más que en Estados Unidos o Europa, cinco años más que el promedio latinoamericano.
La recuperación confirma la fortaleza de lo construido durante décadas, pero la caída provocada por la pandemia también deja una lección fundamental: una crisis puede erosionar en muy poco tiempo avances que tomaron generaciones en alcanzarse.
En ese sentido, es importante que en este mes de la Independencia tengamos conciencia de lo logrado desde 1821. Y eso es lo que nos muestran los datos: que entre la primera estimación disponible, en 1875, y 2023, Costa Rica agregó más de 50 años a la duración esperada de la vida. Ese es uno de los logros más concretos de nuestra historia independiente y un legado de los costarricenses del pasado para los ciudadanos de hoy.
Sin embargo, aún tenemos retos que trabajar. Uno es que, dentro del territorio, a nivel cantonal, tengamos una brecha de 7,5 años entre los cantones con mayor esperanza de vida y los más rezagados, de acuerdo con el Atlas de Desarrollo Humano Cantonal de Costa Rica 2026, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la Escuela de Estadística de la Universidad de Costa Rica.
Y aunque el cantón más rezagado tiene una esperanza de vida superior al promedio de América Latina y el Caribe, estos datos visualizan y cuantifican una agenda de trabajo fuera de la Gran Área Metropolitana principalmente, para lograr una convergencia en la experiencia de lo que implica ser ciudadano de Costa Rica en el siglo XXI.
Finalmente, el dato dice que hoy, en promedio, vivimos más que los promedios de América Latina, Europa y Estados Unidos. El relato histórico nos recuerda que esa ventaja no apareció por sí sola; la construimos a lo largo de generaciones y, precisamente por eso, sabemos que también se puede perder.
La pregunta hacia adelante no es solo si podremos conservarla, sino qué legado seremos capaces de dejar a los costarricenses del futuro y si podremos seguir construyendo, generación tras generación, una historia de mayor bienestar, más oportunidades y una mejor calidad de vida.
Jaime García es director para América Latina del Índice de Progreso Social.
