El revés electoral sufrido por el presidente francés, Jacques Chirac, y su alianza neogaullista, fue consecuencia de notorios errores políticos, en particular la indefinición del equipo gobernante respecto al rumbo de la economía y una lectura desacertada de la opinión pública. La derrota oficialista ha marcado el retorno al Gobierno del socialismo, cuyo líder, Lionel Jospin, será Primer Ministro y cohabitará en el poder con un Mandatario de derecha, giro inédito en la Quinta República. El vuelco a la izquierda también genera serias interrogantes sobre el papel de Francia en la integración monetaria europea.
El desplome en la popularidad de Chirac y, sobre todo, de su Primer Ministro, Alain Juppé, reflejó la frustración del electorado ante la ausencia de iniciativas claras para atacar problemas urgentes, en especial el agudo desempleo. Hace dos años, con la promesa de reactivar la economía y resolver la prolongada crisis ocupacional, Chirac recibió un amplio mandato que marginó drásticamente al campo socialista, hasta entonces al timón del Gobierno. El nuevo Presidente y el hegemónico bloque parlamentario que lo respaldaba auguraban alentadores senderos de prosperidad y liderazgo mundial. Desafortunadamente, desde temprano, Chirac y Juppé mostraron poca claridad en cuanto a cómo emprender aquella crucial tarea. La economía siguió estancada y la desocupación se mantuvo cercana al 13 por ciento, la mayor de Europa.
El desencanto fue agravado por las percepciones de la ciudadanía en torno a la actitud del Gobierno. Los estudios de opinión señalaron reiteradamente el disgusto de los votantes por la aparente abulia de la cúpula oficial ante la anémica producción y las penurias sociales. En mucho, esta pasividad derivó de la ambigua postura de Chirac y Juppé en cuanto a la liberalización de la economía anunciada en la campaña, primordialmente la privatización de empresas estatales, que a la postre habría estimulado el ahorro y las inversiones y generado un repunte de la producción.
Finalmente, los recortes presupuestarios requeridos por los tratados de Maastricht para la incorporación de Francia a la Unión Monetaria Europea, ahondaron las opiniones adversas al Gobierno de derecha. Con este trasfondo, la convocatoria anticipada de comicios parlamentarios colmó la espiral de yerros de Chirac, quien de esa forma pensó preservar su mayoría parlamentaria. Resulta difícil comprender por qué el Presidente esperaba respaldo en las urnas para un ambicioso programa de austeridad hacendaria, en medio de la recesión económica y en un país donde el sector público todavía absorbe una alta proporción --25 por ciento-- de la fuerza laboral.
Las ofertas electorales de Jospin no lucen tampoco realistas. Su plan de crear 350.000 puestos de trabajo en el sector público y otros tantos en el privado, amén de un aumento general de salarios, conllevaría inflación y frenaría los planes de la fusión financiera del Viejo Continente. También presagia serias fricciones con Alemania, patrocinadora de la moneda única. Y hay barreras fiscales y políticas que niegan los optimistas pronósticos de Jospin. Los próximos pasos del cogobierno ayudarán a discernir si la gestión del Primer Ministro socialista se enrumba al éxito o a una nueva decepción para los franceses.
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