La victoria de Clinton -pronosticada hasta la fatiga- sólo tiene un ángulo interesante: ¿cómo será su segundo mandato? ¿Qué habrá aprendido y qué hará diferente? ¿Se desplazará más hacia la izquierda, dentro del siempre moderado espectro americano, como advirtieron los republicanos durante la campaña, o seguirá por el camino del centro derecha, reduciendo el perímetro del Estado y asumiendo los puntos de vista de sus adversarios?
Mi impresión es que Clinton, por instinto y por aprendizaje, se siente mucho más cómodo dentro de la derecha de su partido, entre otras razones, porque sabe que la sociedad norteamericana de fines del siglo XX es bastante más conservadora que la de hace veinte años. Su modelo es Kennedy o tal vez Truman, pero nunca Carter, y mucho menos Johnson o Roosevelt, los dos presidentes demócratas que echaron las bases del Welfare State que hoy concita el repudio de las mayorías.
Es una ingenuidad pensar que el segundo Clinton, ya sin la presión de la reelección, jugará la carta "liberal" -en el sentido de que en Estados Unidos se le da a la palabra-, puesto que esa hipótesis presupone que el mandatario americano tiene unas convicciones ideológicas diferentes a las de la mayoría que lo ha elegido. Y no es así: Clinton es la quinta esencia del pragmatismo político. No es un profeta que guía al rebaño sino un jefe que encarna el punto de vista prevaleciente.
Por otra parte, tras un primer año desastroso, en el que se asomó a dos temas -los homosexuales en el Ejército y el seguro médico universal- con un ademán tímidamente liberal y casi le queman la Casa Blanca, aprendió una lección importante: hoy la manera de interpretar al main-stream norteamericano es tocando la partitura con la mano derecha. Cuando atacó a Sadam Husein subió su popularidad. Cuando redujo los beneficios del welfare, lo aplaudieron. Cuando firmó la ley Helms-Burton, ambas cámaras se volcaron en su apoyo. El país, simplemente, vive una etapa conservadora, poco dada a las ilusiones altruistas, en la que la mayoría blanca da muestras de cierto nacionalismo xenófobo, no muy diferente del que es fácil advertir en Europa. Y Clinton, claro, se acomodará prácticamente a esta realidad.
La misma línea de razonamiento nos lleva a pronosticar que no mejorarán las relaciones con Castro. La victoria de Clinton en la Florida, y el aumento de las simpatías por los demócratas entre los cubanos tras la aprobación de la ley Helms-Burton, se traducen en un poderoso mensaje político que desde noviembre 6 no olvidará Al Gore: es electoralmente rentable adversar a Castro con dureza. Si el actual vicepresidente pretende convertirse en el candidato demócrata en el año 2000, le conviene mantener la presión sobre La Habana, política -por cierto- que le recomienda, sin ambages, el muy eficiente núcleo cubano dirigente del Partido Demócrata en la Florida, copartícipe de una estrategia victoriosa que prácticamente duplicó el número de cubanos que votó por los demócratas el 5 de noviembre. No habrá, pues, una derogación de la ley Helms-Burton ni una disminución de las tensiones. Por el contrario, la tentación de Clinton bis será darle otro giro a la tuerca con que presiona a Castro. Eso es, además, lo que Al Gore recomendará.
No obstante, es posible que en su segundo mandato, Clinton tropiece con algunos escollos hasta ahora imprevistos. Europa, por ejemplo, en el esfuerzo que hoy hace por llegar a una moneda única a fines del 97, tal vez enfríe su economía hasta el punto de la recesión, fenómeno que tendrá dos consecuencias contradictorias en Estados Unidos: una probable disminución de las exportaciones y una fortísima presión sobre el dólar, moneda que se convertirá en refugio de muchos capitales que no confían demasiado en la salud del euro lanzado por la Unión Europea.
Pero donde las decisiones serán más difíciles es en el terreno de los conflictos bélicos internacionales. Veremos serios disturbios en Kosovo, y al ejército serbio, de nuevo, dedicado al genocidio étnico, esta vez de la minoría albanesa. Veremos las interminables matanzas africanas y el difícil esfuerzo de constituir un ejército internacional de ese continente para tratar de conjurarlas. Veremos mayores masacres de kurdos, unas veces a manos de los iraquíes, otras de los turcos y -con horrible frecuencia- de los propios kurdos.
Ante estos sangrientos episodios -más los que sucedan dentro de las antiguas fronteras de la URSS-, la sociedad norteamericana pedirá la cuadratura del círculo: que su gobierno "haga algo", pero al menor costo posible y sin perder vidas humanas. Clinton, por naturaleza, intentará inhibirse. No es como era Reagan, de quien se decía que, ante cada crisis, se preguntaba seriamente "cómo hubiera actuado John Wayne en su lugar". A Clinton le basta con averiguar lo que piensa el señor Gallup.
Cuando Clinton termine su segundo mandato, cerrará a sus espaldas el siglo XX, dando comienzo a la auditoría de rigor. ¿Pasará a la historia entre los grandes presidentes de este siglo? ¿Estará entre -digamos- los cinco primeros? Si yo hiciera la lista pondría a los dos Roosevelt -a Teddy y a Franklyn Delano-, a Harry Truman y a Ronald Reagan, es decir, a los tres más populares -los Roosevelt y Reagan- y al de mayor integridad y carácter (Truman). Si a Clinton el viento le sopla a favor pudiera ser el quinto. Como es un hombre con suerte, quién sabe si abandona la presidencia y entra en la historia por la puerta grande. Tampoco -claro- es excluible que salga por la de servicio y con la cabeza gacha. Ese escenario lleva el nombre de Whitewater. Una pesadilla todavía viva y coleando.
(Firmas Press)