
En el mes de octubre de 1990, más de cien jefes de Estado, presidentes de gobiernos, primeros ministros, representantes de reyes y altísimos dignatarios, se reunieron en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. El propósito de la Cumbre Mundial era firmar la Convención Internacional de los Derechos de las Niñas y los Niños. Quiso la ONU darle al acto el máximo esplendor y solemnidad, a fin de provocar la voluntad política de todos los líderes mundiales para promover y proteger los derechos de la infancia. Todas y todos los participantes en el acto se comprometieron a cumplir y muchos hicieron hincapié en sus conmovidos discursos en los dramáticos problemas que la miseria, el hambre, la guerra y toda suerte de violencias, que significan para niños y adolescentes. Entre los presentes estaba la Reina Fabiola, esposa del entonces Rey de Bélgica, Balduino.
Los temores que albergábamos entonces y que seguimos albergando, de que la Convención Internacional tan laboriosamente trabajada y tan solemnemente firmada, no iba a quitarle el sueño a la enorme mayoría de los líderes políticos del mundo -tanto a los entonces reunidos como a los que los sucederían en sus respectivos gobiernos-, han tenido la dolorosa confirmación de la realidad cotidiana alrededor del mundo. Víctimas inermes de los horrores de las guerras; de la explotación económica de los adultos y de sus deformadas sexualidades; de la violencia doméstica; y de toda la gama de consecuencias de las injustas relaciones mundiales entre las naciones poderosas y las débiles, las niñas y los niños del mundo siguen esperando que los responsables de dirigir sus familias, sus países y su mundo, se preocupen y se ocupen de ellos, al menos en los términos previstos en la Convención Internacional de 1990.
Un horror y una injusticia nuevos -en sus dimensiones actuales-, han venido a agregarse al catálogo mundial de los ya conocidos: la explotación sexual de niñas, niños y adolescentes. En sus manifestaciones más evidentes, la espernible industria, extendida internacionalmente, organiza viajes "turísticos" a ciertos países, compra y vende menores, filma y exhibe vídeos y películas, imprime libros y revistas, además de administrar la prostitución ejercida por los menores en las calles de todas las ciudades del mundo. Hoy se rapta, se secuestra, se vende, se trafica, se encarcela y se tortura sin piedad alguna a criaturas en todo el mundo, para usarlas en pornografía y prostitución. Muchas de estas actividades se desarrollan públicamente con gran naturalidad y los Gobiernos que juraron aplicar la Convención Internacional, poco o nada hacen por combatirlas. Las niñas y los niños siguen siendo los grandes olvidados de las agendas políticas.
El normalmente pacífico verano europeo se ha visto conmocionado por el drama inenarrable de lo ocurrido semanas atrás en Bélgica. En el país capital de la Unión Europea, origen de invaluables aportes a la cultura de la humanidad, un degenerado y sus cómplices, han secuestrado, torturado, violado y asesinado niñas y adolescentes para, entre otros fines, filmar y vender películas y para suministrar "mano de obra" a toda una organización internacional que aparentemente cubre varios países alrededor del mundo.
Los destrozados padres de esas criaturas, los aterrorizados vecinos de su ciudad, los acongojados ciudadanos de Bélgica, no terminan de comprender qué ha ocurrido ni por qué ha ocurrido. Se habla mucho en la prensa europea de complicidad de las autoridades administrativas y judiciales de la ciudad donde el degenerado vivía y actuaba. Se ha demostrado también la absoluta indiferencia de las más altas autoridades belgas -incluido el Rey actual, hermano de Balduino-, frente a las súplicas iniciales de las desesperadas familias que buscaban ayuda para encontrar a las niñas. En respuesta dolorosamente tardía, se ha convocado a una nueva cumbre mundial para examinar el problema, (Estocolmo, agosto/96); se han pronunciado discursos conmovedores en el Parlamento Europeo; se han reconocido culpas, omisiones y negligencias en el funcionamiento de policías y tribunales; se han enviado rosas y delegados oficiales al funeral de las niñas asesinadas.
Pero sin dejar siquiera por un segundo de reclamar la responsabilidad de las autoridades políticas y judiciales, de denunciar su inexcusable negligencia en el cumplimiento de sus obligaciones, ni de exigir el castigo justo para los perversos autores de semejantes crímenes y sus cómplices, quiero unir mi voz a la de quienes denuncian a otros igualmente responsables del atroz delito: los clientes de la prostitución infantil. Preguntémonos: ¿Quiénes viajan a esos "paraísos" del turismo sexual? ¿Quiénes venden y quiénes compran menores? ¿Quiénes recogen en sus autos a las niñas y niños de la calle, amparados en la noche y la clandestinidad? ¿Quiénes venden y quiénes compran esas infames películas filmadas por delincuentes como Dutroux (ese es el nombre del confeso responsable directo de los crímenes)? ¿Quiénes ven esos filmes? ¿Quiénes satisfacen sus abyectas perversiones sexuales violando criaturas?
La respuesta a esas y muchas otras angustiadas preguntas podrían provocarnos tanta o más indignación y horror que los hechos que hemos leído en la prensa en las últimas semanas. Porque si esos clientes no existieran, la espernible industria no sería lo floreciente que es y las ganancias no serían las que se dice que son. Si no hubiera degenerados clientes comprando, no habría degenerados criminales vendiendo niños.
Por eso, no podemos quedarnos en el esfuerzo de acusar y sancionar a los autores directos e inmediatos de los hechos. No basta con exigir a todos los Gobiernos un verdadero compromiso de cumplimiento de sus deberes frente a la infancia ni con demandar de las familias el cuidado y la atención responsables de los menores. Elevemos nuestra voz de denuncia y emprendamos las acciones que sean necesarias para acabar con los infames clientes. Conozcamos sus nombres: debemos denunciarlos sin hipocresía y combatirlos sin tregua con todos los recursos morales y legales de los que como sociedad civilizada disponemos. No olvidemos nunca que si las niñas, los niños y las y los adolescentes se prostituyen, que si los degenerados como Dutroux organizan sus abominables negocios, es precisamente porque existen los clientes. Acabemos con ellos para que no tengamos nunca más que mandar rosas rojas a funerales de víctimas infantiles del más infame de los "negocios".
La Haya, setiembre de 1996