Las exigencias de este siglo se nos presentan en extremo duras y las condiciones para satisfacerlas parecen también muy trabajosas. Las necesidades humanas cambian en el constante devenir histórico y asumen características nuevas, aun inimaginables para nuestros antecesores relativamente cercanos. La novedad de las exigencias actuales se origina muchos años atrás, pero cobra la densidad propia del progreso científico y tecnológico de tiempos relativamente recientes, aproximadamente dos siglos. Acompaña a este progreso, sobre todo en cuanto se refiere a las ciencias, una ingente especialización cuyos términos se alejan considerablemente de la comprensión común. Incluso entre los hombres de ciencia los diferentes campos de actividad se muestran tan distanciados que sus propias vinculaciones constituyen una especialidad. Y a la par de la inteligencia que los trabajos han menester, la disciplina y la voluntad requieren del hombre estudioso la disposición de un tiempo considerable. Como toda actividad humana se encuentra inmersa en la marcha acelerada de la nueva civilización mundial, del choque intercultural implicado se derivan profundos cambios en las costumbres y culturas autóctonas. Bien entendida y manejada, esta "globalización" destaca los caracteres regionales donde existe la voluntad para protegerlos y aun sacar ventaja de ellos.
Debemos reaccionar. Estamos en los inicios de una civilización mundial que se caracteriza por la urgencia universal de responder, con los más avanzados instrumentos científicos y tecnológicos, a las cambiantes necesidades del género humano. Aquella exigencia ha movido a todas las naciones conscientes a revisar el estado de su cultura y su ecuación para ajustarlas al carácter de estas necesidades. Con respecto a las personas, cuanto mayor el desarrollo económico social de cada nación, más amplio el aprovechamiento de los talentos individuales en la tarea de construir y continuar el progreso general, y también más vasta y democrática la oferta y el aprovechamiento de oportunidades para todos los habitantes. Por consiguiente, cuanto mejor aprovechen estas oportunidades los diferentes estratos sociales de una nación, mayor su grado de inserción en la cresta del progreso, mayor su satisfacción y más apta para contrarrestar los peligros consiguientes. Los peligros inherentes a los individuos y pueblos rezagados, se enfrentan en la medida en que los países toman las providencias solidarias indispensables y generalizan óptimamente su grado de inserción en los adelantos. Al respecto, los países fuertes pero desequilibrados en el manejo de la inserción en el curso mundial y el aprovechamiento democrático de las oportunidades, muestran un ejemplo negativo cuando se contrasta la paupérrima existencia de sus grandes masas con sus logros en ciencias y tecnologías avanzadas, sobre todo bélicas, como la producción de bombas nucleares.
El contenido de la educación. En este sentido, la educación va más allá de su papel transmisor de la lengua y los valores autóctonos, cuando conscientemente busca la creación de respuestas -como el respeto debido a los Derechos Humanos-- apropiadas al gran horizonte de la civilización y la cultura mundiales que se despliega con fuerza colosal. De manera que pueden vislumbrarse con fuerte nitidez los distintos e importantes papeles que representan los gestores magisteriales -desde el Kindergarten a la Universidad y los Centros de Investigación-- en este nexo muscular y cerebral que une e incita a la humanidad en los inicios del nuevo milenio. Por consiguiente, cuanto mayor la conciencia de los maestros, las instituciones y el Estado, en cuanto al carácter de las nuevas exigencias, necesidades y obligaciones de la humanidad entrelazada, tanto mejor el aprovechamiento de los esfuerzos económicos, sociales y personales que dedica la nación a situarse en la cresta de la civilización y la cultura.
Sobre todo las naciones infradesarrolladas, amenazadas por un rezago crónico y letal, necesitan que esta cuestión de vida o muerte se discuta continuamente en los distintos foros nacionales e internacionales, para encontrar y establecer con certeza las fórmulas de la puesta en práctica del objetivo claramente definido que todo este movimiento universal implica filosófica, económica y políticamente: elevarse a la cresta del progreso para el mejoramiento de la calidad de la vida humana y la supervivencia planetaria. La realización de esta finalidad representa el más formidable esfuerzo, común e individual, que nos demanda la universalidad de la civilización actual.