El “Semi”, de tan honrosa tradición cultural y deportiva, está celebrando este año medio siglo de asentamiento en su “nueva” sede del barrio Naciones Unidas, en San José. Pues fue a mediados de julio de 1956 cuando, concluida la construcción, todo el colegio se trasladó a su moderno edificio, entonces rodeado de cafetales y asentado aún en la bucólica periferia capitalina.
Quedaba atrás la vieja casona, con tanta historia y de tan hermosa arquitectura externa. Poco después, los emisarios del San José Imposible no tardarían en arrasar con la imponente construcción y dejar como herederos principales dos signos de los nuevos tiempos: un banco de ostentosa popularidad y un parqueo, como todos, feo.
Recordar la vieja casona es también retrotraernos a otros tiempos en que el pulso de la ciudad era otro. Era aún la “ciudad alegre y confiada” y hasta la “tacita de plata”, según el decir de viejos cronistas. Desde que se bajaba por la cuesta de Moras, a lo largo de un tramo de la avenida central, y hasta la Librería López, torciendo luego a la izquierda hasta hallar el viejo edificio doscientos metros más hacia el sur, la capital hacía honor a aquellos epítetos tan halagüeños. El elemento humano estaba todavía a la altura: gente reposada, tranquila y amigable, sin escasear para nada los saludos cariñosos que se cruzaban entre gentes de larga “conocencia”.
Ubiquémonos. Pero ubiquémonos ahora al frente del colegio, una construcción de dos plantas, de sólido ladrillo en sus paredes y vetustas maderas y mosaico en el resto. Una vieja fotografía de Manuel Gómez Miralles nos lo muestra como una construcción formada en realidad por dos edificios, ocupando todo el espacio de la cuadra sobre la avenida 4, entre las calles 1 y 3. El edificio de la derecha, más bajo que el otro y pintado de blanco, presentaba su única puerta a un nivel más elevado que la avenida, enmarcada aquella en un gracioso arco, sobre el cual se situaba un ventana y, coronando el conjunto, un frontón muy bien logrado. A diestra y siniestra, y en ambas plantas, cuatro ventanas completaban la imponente fachada: las de arriba, además de la ubicada al centro, ornadas con balcones de hierro forjado; las de abajo, lo mismo, salvo por carecer de balcones.
El edificio de la izquierda difería bastante, arquitectónicamente, del primero. Es evidente que sustituyó, en algún momento, a otro edificio muy similar en su fachada al primero (lo que se puede comprobar con otra foto tomada en 1906). Era una costrucción más alta, toda de ladrillo sin recubrir, con diez grandes ventanas en cada piso, cuya parte final ocupaba la fachada de la capilla, coronada con un frontón en cuyo centro se destacaba una ventana circular. Debajo del frontón y, más abajo, la puerta, con otro pequeño frontón, completaba este agradable conjunto.
Doble centenario. El interior era bastante sobrio. Un primer patio con aulas, oficinas y estancias privadas en ambos niveles. A este le seguía otro, con su gran cancha del deporte por excelencia del colegio: el basquetbol. A su alrededor, el salón de actos, otro salón llamado “ El Estudio” y el comedor, así como puertas que daban acceso a otras dependencias menos públicas. Y al costado oeste, una pequeña puerta daba acceso a la preciosa capilla, con salida al exterior, un tesoro cuya pérdida lamentan aún los amantes de lo bello y bueno.
Mucho espacio más haría falta para evocar a los viejos sacerdotes y profesores de entonces. Asimismo, para el recuerdo cariñoso hacia los compañeros que nos fueron dejando en el largo camino. ¡Siguen con nosotros!
Y el cincuentenario es doble: por grata coincidencia, correspondió a los quintos años de 1956 el honor de ser sus primeros egresados y bachilleres. Por lo mismo, la muchachada de entonces, plena de juventud acumulada, se apresta hoy 17 de noviembre a celebrar tan grato aniversario en la hermosa sede donde coronó sus estudios de años mozos.
Sirvan también estas líneas como homenaje de reconocimiento a la conocida familia Dent Alvarado, donadora del enorme terreno donde se construyó el nuevo plantel. Y que esta publicación sea igualmente un llamado a todos los excompañeros para que, en este día memorable, se acerquen al colegio para cantar juntos la canción que llevamos en el corazón: “Seminario querido, los goces…”.