Con ocasión de la trigésima primera sesión de la Conferencia General de la UNESCO, en octubre del 2001, se llevó a cabo una mesa redonda de los ministros de Ciencia para discutir el tema de la clonación humana. Al encuentro sobre Bioética y sus implicaciones internacionales asistieron los ministros de Ciencias de 53 países y 52 delegaciones de otros estados. A nuestro país le correspondió moderar la cuarta sesión: Información, Educación y Debate Público. Al concluir la mesa redonda, se adoptó por unanimidad un comunicado en el que se reafirma que la clonación utilizada para fines de reproducción de seres humanos constituye una práctica contraria a la dignidad humana de acuerdo con la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos del Hombre y se insta a los estados miembros a tomar las medidas requeridas, incluyendo acciones legislativas y reguladoras, nacionales e internacionales, para prohibir efectivamente la clonación con fines de reproducción de seres humanos. Las diferentes presentaciones serán objeto del libro Bioethics: International Implications, que publicará la UNESCO. Incluyo la introducción que presenté a la cuarta sesión del encuentro: Código e Información, Computadoras y el Código Genético.
Genética e informática. En las últimas décadas hemos visto cambios científicos y tecnológicos como nunca antes en la historia de la humanidad. Descubrimientos fundamentales, desde el origen y expansión del universo, a partir de la gran explosión; la deriva de los continentes y la tectónica de placas, la estructura de la doble hélice como soporte físico de la vida y el mapa de nuestro genoma, así como el despliegue a gran escala de los instrumentos de la tecnología moderna, en particular, las tecnologías de información, Internet, instrumento poderoso para el cambio y desarrollo de la sociedad. Me es difícil evitar la comparación entre la genética y la informática para entender mejor nuestro conocimiento actual y las limitaciones sobre el estudio del genoma, puesto que ambas disciplinas se basan en código e información.
A partir de la descripción de la estructura molecular del ADN por Watson y Crick en 1953, aprendimos que la información en el genoma está codificada en forma digital, en números, o bien, en letras, según el orden de las bases de nucleótidos A, G, T y C. Es sorprendente que los seres vivientes evolucionaran utilizando una base de cuatro dígitos, o bases de nucleótidos, para transmitir la información genética, mientras que en la informática escogimos un sistema de dos dígitos 0 y 1, un código binario, para codificar la información en nuestras computadoras. Muy recientemente hemos aprendido del mapa de la variación secuencial del genoma que el 99.9 por ciento del código genético entre distintos individuos cualesquiera es igual. Solamente el 0.1 por ciento es responsable de la magnífica diversidad genética que observamos entre las personas
Jóvenes, inteligentes y agresivos. Hay cerca de tres millones de cambios o permutaciones en la secuencia del ADN entre dos individuos cualesquiera, lo que los científicos llaman polimorfismo de un único nucleótido (SNP), que representa un solo cambio en una de estas letras o números, o la substitución de una base, entre 3.000 millones de nucleótidos que componen el genoma o el cariotipo humano normal. Es también asombroso que hayamos podido seguir la traza de la evolución y el viaje de la raza humana a través del planeta, estudiando precisamente estas permutaciones. Si sabemos cuántas permutaciones se dan en una generación dada, podemos calcular el número de generaciones de la raza humana que resulta alrededor de 5.000 generaciones. Si multiplicamos este número por 20 años, aproximadamente, intervalo de una generación, obtenemos la cifra de 100 mil años para la raza humana, una especie relativamente joven, extremadamente inteligente y bastante agresiva.
Hemos seguido las huellas de la migración de la raza humana a través de cien mil años en su viaje de África a Europa, y en su recorrido hacia el norte y el este, hacia Asia, Siberia, y luego a Australia y finalmente a América a través del estrecho de Bering.
En nuestros días podemos encontrar computadoras por todas partes, pero imaginemos, por un momento, un lugar en el mundo que no esté contaminado por estos artefactos y que por casualidad una computadora aparece en ese lugar. Las personas se asombran ante este instrumento nunca antes visto y después de años de investigación llegan finalmente a un descubrimiento sorprendente: la información en la computadora se codifica en forma digital utilizando ceros y unos. Algún tiempo después descubren una secuencia digital en el código de la computadora que interpreta los comandos del teclado, otro gran descubrimiento.
El océano de la verdad. Como en el mito de la caverna de Platón, nuestros científicos en este lugar alejado creen que entienden el lenguaje de esta computadora, pero no saben que este es solamente una representación digital de un programa de computadora escrita por un informático y compilada, es decir, traducido al código digital para ser comprensible a la computadora. Esta ficción nos hace pensar que de muchas maneras estamos en la misma etapa de comprensión en nuestros estudios del código genético. Sabemos cómo la información genética se codifica en cuatro dígitos o bases. Entendemos muchas secuencias de un lugar dado a otro a lo largo de las fibras del ADN y cómo las instrucciones son interpretadas y transmitidas, pero no conocemos el programa, solamente la representación digital.
Ciertamente, muchos argumentarán que no existe tal cosa como programa o propósito, pero, así como nuestro conocimiento ha aumentado como nunca antes en las últimas décadas, también hemos adquirido una noción de lo que no sabemos. Este es el significado de la capacidad de asombro y sentido de misterio que impregnan la visión del mundo de Einstein, al igual que la de Isaac Newton expresada hacia el final de su vida cuando dijo: “No sé lo que puedo parecer al mundo, pero en cuanto a mí, parezco haber sido solamente un niño que juega en la orilla del mar y se entretiene aquí y allá encontrando una piedrecilla más lisa o una concha más bonita que de ordinario, mientras que el gran océano de la verdad permanece entero ante mí sin descubrir”.
Clave: la sabiduría. Pertenecemos a una especie que ha encontrado sus orígenes hace 15.000 millones de años y el origen de su diversidad en la universalidad de su genoma, que sustenta la unidad fundamental de la raza humana. Nuestros horizontes se han extendido en las últimas décadas desde el estudio de los componentes fundamentales de la materia a los límites del cosmos. La ciencia se ha convertido en el lenguaje universal. La experiencia y el conocimiento adquiridos son esenciales para entender mejor la riqueza de las diversas culturas y una base para el respeto profundo de la dignidad humana. Tenemos un origen común y un futuro común que dependerá en gran medida de la sabiduría que mostremos en el uso del enorme conocimiento adquirido en nuestro recorrido a través del tiempo.