Todavía resuena la proclama del papa Juan Pablo II en su visita a Cuba el año pasado: "Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba". Abrirse el mundo a Cuba era un concepto dirigido, fundamentalmente, al gobierno de Estados Unidos y a su política de embargo económico contra la isla. Esta ha demostrado ser, en el mejor de los casos, ineficaz, y, en el peor, un elemento que ha permitido al dictador Fidel Castro presentar una imagen de víctima y valerse de ella para promover el aislamiento de su propio pueblo. Abrirse Cuba al mundo, por su parte, era un mensaje dirigido a Castro, e implica no solo una apertura hacia el contacto con el exterior, sino hacia la libertad, la democracia, la justicia y la dignidad que, hasta ahora, el gobernante cubano se empeña en cercenar.
Con la decisión comunicada el martes, de suavizar el embargo y promover mayores contactos entre el pueblo norteamericano y el cubano, el gobierno de Estados Unidos ha respondido, en parte, a la solicitud papal; también ha dado una señal de disposición a modificaciones posteriores, siempre que, desde la isla, el dictador haga lo suyo y, más que abrirse al mundo, se abra a su propio pueblo.
Por ahora, este cambio en la política estadounidense presenta los siguientes frutos: un cierto reconocimiento de la ineficacia o escasa productividad del embargo sobre la conducta de los gobiernos dictatoriales o totalitarios; la posibilidad de nuevos avances en los próximos meses y, sobre todo, la importancia de quitarle a Castro la imagen de mártir o de un ser acosado por una superpotencia. Es una apertura más hacia la población que hacia el régimen, cosa que se demuestra con el énfasis en facilitar contactos interpersonales y hasta de autorizar venta de alimentos, pero solo a agricultores privados o restaurantes independientes, por ahora pocos e irrelevantes.
Una mayor apertura en lo futuro estará condicionada, en Estados Unidos, a la pugna entre las razones electorales y las comerciales. En Cuba, desgraciadamente, la situación es mucho más complicada, por el carácter profundamente inflexible, dogmático y represivo de su régimen. El futuro de ese país está escrito, en todo caso, en una lectura atenta de la prensa de estos primeros días de 1999: fuera de Cuba, en una apertura norteamericana que esperamos sea más sostenida y realista en los próximos meses, reforzada por los signos de los tiempos, anclados en el diálogo y la declinación de las ideologías, y, dentro de Cuba, en la mentalidad de Fidel Castro, diagnosticada -si era necesario otro examen- su discurso durante la ceremonia del 40º aniversario de la revolución cubana. Las expresiones de Castro sobre Cuba, el mundo y la historia en esta fecha reflejan tal grado de postración mental que, si no fuera por el sufrimiento causado por esta paranoia al pueblo cubano, deberían suscitar, más que hilaridad, una intensa compasión.
Extractemos algunas sentencias: "La revolución apenas ha comenzado", copia fiel de sus primeros discursos en 1959; "me parece irreal" --por supuesto-- hablar desde el mismo balcón de la alcadía de Santiago, hace 40 años, seguido de una estadística cruel: 7 millones de los 11 millones de cubanos han nacido en este lapso y una verificación directa: "El pueblo que dirijo no es el pueblo de aquel primero de enero". Además, "Cuba será un baluarte contra los embates del sistema capitalista" y "en nombre de la humanidad".
En el umbral del siglo XXI, Castro es un náufrago aferrado a una sanguinaria quimera. La reducción del embargo perfila mucho mejor lo que es el gran embargo que sufren los cubanos: el de su libertad, el de su dignidad, el de su soberanía y el de su propia existencia como nación. A 40 años de régimen "revolucionario", Cuba es hoy no solo una sociedad reprimida, sino lacerada en sus fundamentos más básicos, plagada de prostitución, de enclaves turísticos o mineros en manos de compañías extranjeras, de usufructo por parte de ellas de una mano de obra casi esclava, de dependencia de las remesas que envían los cubanos en el exterior, de ahogo absoluto. Esto ni lo causó el embargo ni lo eliminará su reducción o eliminación. Pero la decisión del gobierno estadounidense es, al menos, un paso en el sentido correcto. La presión internacional -lo hemos dicho infinidad de veces- debe ser ahora sobre Castro.