La "Proclama al pueblo cubano" divulgada el domingo por la televisión oficial de la isla, mediante la cual Fidel Castro delega, "con carácter provisional", todos sus poderes de dictador omnímodo a su hermano, Raúl Castro, se presta para múltiples especulaciones, pero deja en claro dos mensajes incontrovertibles: por un lado, la extrema seriedad del problema de salud que lo aqueja y su irremediable repercusión política; por otro, el carácter profundamente absolutista y personalista de su régimen, incapaz de intentar proyectarse más allá de un heredero de sangre designado.
Nunca, en sus 47 años de control sobre la isla y su pueblo, el dictador de casi 80 años había cedido oficialmente a nadie un ápice de sus tres cargos supremos. Sin embargo, en el comunicado del domingo, que más parece el testamento personal de un soberano "divino", se vio obligado a anunciar el traslado de sus funciones como primer secretario del Partido Comunista, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y presidente del Consejo de Estado a su hermano. Otras tareas menores las depositó en manos de sumisos colaboradores sin su apellido y, en una nota típica del siglo XVIII absolutista, y reveladora de la fusión existente entre persona y Estado, pidió "al pueblo" trasladar la celebración de sus 80 años del 13 de agosto al 2 de diciembre.
En la tarde de ayer, los medios oficialistas divulgaron una nota atribuida a Castro, en la que se limita a calificar su situación como "estable" y añade que, por la supuesta amenaza "del imperio" (Estados Unidos) que sufre Cuba, su salud debe permanecer como "secreto de Estado". Esta elíptica declaración, más la reserva sobre donde ocurrió la "complicada operación quirúrgica" a que fue sometido y dónde convalece, son evidencias adicionales de la seriedad del caso y de la cerrada naturaleza de su dictadura.
Frente a lo poco que ya se sabe y lo mucho que aún se oculta, es difícil adelantar criterios sobre el futuro de Cuba. Pero hay otra cosa que se puede señalar de manera certera: incluso si Fidel Castro logra sobrevivir este episodio y, en un plazo no muy largo, recupera algunas o todas sus funciones "delegadas", la esencia represiva y monolítica de su dominio ya ha sufrido un severo golpe, y la posibilidad de que se acelere el deterioro del régimen es muy alta. Con mayor razón, una eventual muerte del dictador, o una dolencia que lo incapacite de forma permanente, es casi seguro que quiebren de manera irremediable la perversa alquimia de su absolutismo personalista, y que se desencadene un rápido proceso de debilitamiento y contradicciones en los círculos del poder cubano, que la figura de Raúl no será capaz de frenar. Entonces, al fin, la posibilidad de libertad y democracia en Cuba sí será una realidad. Sin embargo, cómo alcanzar ese objetivo es algo que aún genera gran incertidumbre.
Todos deseamos un proceso ordenado y pacífico. Pero no se pueden descartar ni conflictos violentos entre sectores del poder (Partido Comunista y Fuerzas Armadas, por ejemplo), ni una represión contra el pueblo, si el quiebre de los controles tradicionales abre el camino para la protesta social abierta. En la medida en que su hermano y otros dirigentes comprendan lo mucho que está en juego -no solo para el pueblo, sino para ellos mismos- y la conveniencia de adelantarse, con democracia y apertura, a un desenlace traumático, en esta medida será más posible evitarlo.
Es realmente trágico que, tras 47 años de control absoluto, el hombre que traicionó a la inmensa mayoría de quienes lo apoyaron, que arruinó a un país rico, que pretendió extirpar las raíces de la verdadera nacionalidad cubana, que sometió a su población a la represión más sistemática jamás vista en el hemisferio, que también la lanzó a la miseria profunda, y que siempre se ha negado a la más mínima apertura política, llegue hasta los límites de su vida empeñado, contra toda decencia y lógica política, en, simplemente, perpetuar su colapsado esquema mediante una sucesión dinástica. Se trata, ni más ni menos, que de la señal más explicita de su fracaso histórico y de la tenebrosa naturaleza de lo que impuso en Cuba.