Es asombroso cómo el tiempo transforma los paisajes. Antes, entrar al Parque Nacional Manuel Antonio era un pacto con el océano; había que desafiar la marea y jugar con las olas para ganar la entrada, bajo la mirada de una gran roca que oficiaba de guardián y guía.
Los senderos de entonces no eran caminos trazados, sino alfombras de arena tejidas con raíces de árboles milenarios, una ruta suspendida entre la selva y el litoral. Al llegar a la segunda playa, las arenas se fundían con el vaivén del agua, y los almendros hacían de carpas naturales, regalando una sombra generosa a los viajeros.
Antes de la tercera playa, el letrero de “Punta Catedral” era una provocación: una subida que recompensaba el aliento con miradores a un océano que parecía un lienzo infinito. Allí, la fauna era la verdadera anfitriona. Los monos tití y los cariblancos acechaban con curiosidad, expertos en el arte de pedir comida o de arrebatar algún souvenir al turista descuidado.
La tercera playa, con su perfecta forma de herradura y aguas cristalinas, era el refugio de las familias y la alegría compartida. Hoy, el parque tiene una administración muy buena y servicios básicos, pero quienes lo caminamos en los años 80, recordamos y extrañamos aquella experiencia indómita, casi un safari, que el progreso ha ordenado.
Gonzalo Zumbado Zumbado, Belén de Heredia
Una clase maestra de paciencia
El 3 de diciembre, asistí con parte de mi familia al Parque Nacional de Diversiones. Esperaba que la inversión –que fue bastante alta– en entradas y comidas valiera la pena. Sin embargo, para nuestra sorpresa, nos tocó vivir una master class del peor servicio al cliente: empleados jóvenes que se distraen con suma facilidad, hablando de temas personales y jugando con el tiempo de los asistentes. Es distinto ser precavido que ser lento. Fue una master class de desinterés con acciones como ignorar que muchas personas se colaban en las filas (sin el pase rápido). Fueron muchas situaciones que no permitieron aprovechar el tiquete adquirido. En cinco horas, solo se pudieron aprovechar seis o siete juegos a un turno, y no porque estuvieran llenas. Lo pensaremos para volver y menos para recomendar esa visita.
Erick Gómez Torres, Hatillo
Gracias, Adrián Goizueta
Me duele en el alma la partida de este amigo, gran compositor, músico y cantante argentino-costarricense. Su legado es inmenso y sus canciones lo harán presente siempre. El destino nos trajo aquí en la misma época y a la misma edad. Tuvimos la cercanía que da la solidaridad entre hermanos que añoran su país de origen en encuentros donde puso el tono y nota precisos a la nostalgia de los primeros años fuera de nuestra Argentina. Como dice una de tus canciones “Gracias por sentir, gracias al camino y al sol, gracias por ser y crecer, gracias por estar y escuchar, Gracias por vivir”.
Gustavo Halsband Leverato, San José
Correo electrónico erróneo
En relación con la segunda carta a la columna del señor Daniel Madrigal Sojo, el correo al que debe escribir es: prescorrespondencia@jps.go.cr. En una publicación anterior, el medio consignó un correo al que le faltaba una letra “s”.
Quienes no cuentan con correo electrónico pueden acudir a la ventanilla de atención del edificio central, donde serán acompañados en sus gestiones. Nuestra central telefónica 2522-2000 / 4052-2121 también está disponible para orientar y facilitar cada paso.
Reiteramos nuestro compromiso de servir con apertura.
Rosario Masís Pérez, Unidad de Comunicación y Relaciones Públicas de JPS
Agradecimiento
Deseo externar mi profundo agradecimiento al personal de Carnes Castillo El Carmen centro, por cuanto sus colaboradores son dignos de todo elogio por sus espontáneos servicios. Muchas gracias, que continúen con ese espíritu de servicio.
Olman Bogantes Bogantes, Alajuela
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