El artículo de Augusto Alvarado Boiribant (La Nación 19/08/2026) no deja dudas de que las democracias no siempre mueren por golpes de Estado militares; a veces se desmantelan desde dentro, con el aplauso de ciudadanos encandilados por un pseudolíder.
Vivimos tiempos en los que la mentira, el irrespeto a personas e instituciones y la manipulación del mensaje público son pan de cada día. Lamentablemente, las bravuconadas no son exclusivas de quienes hoy ostentan el poder otorgado en elecciones libres. En el norte, un presidente instauró una policía llamada ICE que persigue inmigrantes al estilo de la Gestapo, quiere apoderarse de territorios, desconoce tratados y amenaza al mejor estilo nazi.
Aquí, un doble ministro se burla e irrespeta a quienes lo adversan, amenaza con recortes presupuestarios y grita a los cuatro vientos que no debemos temer una dictadura. Mientras todo esto y más ocurre, gente buena y patriota sigue creyendo este discurso de odio.
William Murillo Montero, La Asunción de Belén, Heredia
El buen humor también hace falta
Vivimos sometidos a una presión constante. Las presas de tránsito que parecen no tener solución, la inseguridad, las drogas y los crímenes diarios crean un ambiente de preocupación y tensión. Por eso, además de buscar soluciones a estos problemas, también necesitamos algo que parece sencillo, pero que tiene mucho valor: buen humor.
Hace unos días, observé en TikTok una conversación de dos muchachas españolas con el público. Un joven intentó provocarlas diciéndoles: “Muestren al sugar daddy”. Ellas inicialmente lo ignoraron. Después de unos minutos, una de ellas respondió, entre risas: “Voy a ir a cambiarle el pañal”. La otra agregó inmediatamente: “Tomá, llevale las pastillas”.
Las dos soltaron una carcajada y continuaron disfrutando de la conversación con quienes participábamos en el chat.
No hubo insultos ni agresividad. Solo respondieron con ingenio y buen humor y, en lugar de convertir una provocación en una discusión, terminaron divirtiéndose.
Quizá eso nos haga falta en la vida cotidiana: aprender a responder algunas provocaciones con una sonrisa, sin ofender y sin crear más conflicto. Eso es muy necesario.
Jaime Morera Monge, Alajuela
Don Fernán Vargas
Llegué a colaborar en La Nación hace muchos años, por invitación de don Enrique Benavides y gracias al ánimo generoso de don José Marín Cañas. En ese tiempo, conocí a don Fernán Vargas Rohrmoser, entonces presidente de la Junta Directiva del periódico y figura clave en su renovación.
Perteneció a una época inolvidable, en la que conversar significaba escuchar en silencio y responder con respeto. Esa forma de relacionarse expresaba su elegante personalidad y es hoy una necesidad nacional.
Guardo de él su defensa de la independencia, la libertad y los valores que ayudó a fortalecer en La Nación y en Costa Rica. Podíamos tener ideas diferentes, pero el sello nacional era el respeto.
José Joaquín Chaverri Sievert, Escazú
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