Cuando el pasado 25 de noviembre la Unesco declaró a la tradición costarricense de la carreta y el boyeo como obra maestra del "patrimonio intangible de la humanidad", le hizo a nuestros ancestros un homenaje más que merecido, como ya comenté ( Áncora , 11/11/05). Lo que no merecen de ningún modo es que seamos nosotros mismos, sus nietos, los que les cubramos de ridículo a ellos tan dignos y a esa digna tradición, como me parece que en buena medida estamos haciendo hoy.
Tres recientes noticias de la nacional carreta pintada: la primera se refiere a que en Sarchí la práctica ancestral de la pintura de carretas se está desnaturalizando (Aldea Global, 5/7/06), lo que no es nada nuevo para pensar, aunque la novedad pueda ser que el tema "ecológico", que, por estar de moda y ser mercadeable turísticamente, hoy se imponga en forma de lapas, tucanes y flores exóticas, más propias de camisetas y de gorras impresas, y por demás de muy mal gusto, pues son para turistas incautos y sin juicio estético alguno.
Muchas torpezas. Porque sobre la desnaturalización misma de esa pintura, a la que ella llamaba con razón "Arte Popular Decorativo Costarricense" contaba ya la brillante Emilia Prieto, por ejemplo, que la habían descubierto a mediados de la década de 1930 en un taller de Escazú, donde un artesano pintaba inducido por "persona profana" y con miras a la gran exposición y certamen nacional que ella misma organizaba, un escudo de Costa Rica como parte de los motivos pictóricos de su hacer artesanal sobre una carreta tal, "para tener más posibilidades de éxito". Y agregaba que: "Alrededor de toda esta cuestión ha habido muchas torpezas. En ciertos lugares (hasta) creen que hay que hacer cosas indígenas" (Prieto, citada por Láscaris y Malavassi en La carreta costarricense , II edición, 1980. Pág. 70), y así ese solo contar nos puede llevar a reflexionar, como decía, sobre la novedad o no de la desnaturalización dicha, puesto que hay varias y distintas maneras de llegar a hacerlo, como veremos.
Pues la segunda nota (Foro, 6/7/06) tenía como fin dar al orbe entero la noticia de que recién nació en Costa Rica "la carreta pintada más grande del mundo", con lo que se trata de otro tipo de desnaturalización a toda prueba. Porque para desnaturalizar un objeto basta con sacarlo de su contexto, y eso es lo que a mi juicio ocurre con la dicha carreta, un objeto que para moverlo con su forma usual de tracción animal, requeriría de elefantes puesto que bueyes tan grandes no hay. Por eso se ha movido con uno de esos tractores que campechanamente llamamos un "chapulín", artefacto del que, si hubiesen dispuesto los ancestros para lidiar con el campo agreste, no habrían inventado la carreta tica ni la hubieran decorado tan bellamente.
Pero, además, ¿qué se podría halar en una carreta tan grande?... quizás solo su pretensiosidad. Pues las dimensiones de la carreta tradicional son proporcionadas con las de la yunta que la ha de halar -¡jesa!- y esa pretensión de tener la "más grande", absurda por sí y por inútil, en este caso parece continuar lo desnaturalizado de la mediana carreta-bar, aquella más bien suvenir y complemento dilecto del himno al guaro de los ticos que nos montamos en ella, y también, de la "carretica más pequeña del mundo" -supongo- que en lugar de café, carga absurda en algunos escritorios, granos de maní, nuez que, por cierto, dicen que les encanta a los necesarios paquidermos de la primera.
Caída en lo ridículo. Porque el hecho es que la "gigantesca y colorida carreta típica" que reseña la tercera noticia (Aldea Global, 14/7/06) deja de ser típica ya solo por eso: su descomunal y atípico tamaño, no importa que la hayan hecho en el tradicional taller de don Eloy Alfaro ni, con todo respeto, cuán orgullosos puedan sentirse los sarchiceños en su local sentimiento por ello. Porque, bien pensado, ¿cuántos países hacen carretas como las nuestras, para que sea esta las más grande entre ellas? Por su propio peso, por lo tanto, cae lo ridículos que resultan la proclama y su planteamiento.
Así que flaco favor se le hace con todo esto a una tradición ancestral tan útil como bella, cuando se la quiere medir por su incidencia mundial en los récords Guinnes o, peor aún, se trata de trasvestirla de ecológica y de actual en las tiendas de recuerdos, sin recordar que ya se trató hace tiempo de engalanarla con escudos patrioteros y falsos motivos prehispánicos, que nada tienen que ver con ella, pues una artesanía tan hermosa como es la de nuestra típica carreta no requiere ni de una ni de la otra cosa para seguir viva y vivirla en el aprecio nacional por mucho tiempo, como rica herencia de los humildes abuelos que es, y hoy justamente reconocida a escala internacional también.