El pasado 27 de agosto, como a las 11:15 a. m., a unos 20 kilómetros después de Siquirres con rumbo a Limón, conducía mi carro, debo confesarlo, a 100 kmh, es decir, 10 más del límite, en una recta que terminaba en pendiente. En eso vi, por el espejo retrovisor, a un enorme camión que se me aproximaba a velocidad vertiginosa, hasta alcanzarme cerca del final de la pendiente donde la visibilidad era cero. En lugar de colocarse detrás de mí, el energúmeno que lo conducía siguió adelantando en una acción a todas luces suicida, criminal. De pronto, como era previsible, apareció un automóvil en dirección contraria.
El chofer del monstruoso camión (éste resultó ser un tanquero para el transporte de combustible, obviamente vacío en ese momento) esquivó la emergencia de manera muy simple: me lanzó encima el vehículo hasta quedar yo fuera de la carretera montando sobre el espaldón. Gracias a una experiencia de manejo acumulada de varios decenios, pude controlar mi carro y evitarme una muerte segura.
Troglodita a 140 kmh. Una vez repuesto del intento de homicidio, traté de darle alcance al troglodita, pero 140 kmh durante unos minutos fueron insuficientes. A lo lejos lo veía adelantar y serpentear entre furgones, buses, automóviles, en una carrera infernal a un mínimo de 150 kmh.
Cuando llegué a las instalaciones de Recope en Limón lo divisé frente al portón de ingreso del plantel para cargar combustible, donde no se permite el paso a particulares. Sólo logré ver en la parte trasera del tanquero lo siguiente: "T.C. 501, llame al 192". A uno de los encargados del portón le conté lo sucedido, pero no me prestó mayor atención. Otra persona me condujo a una oficina para que tratara de hablar por teléfono (798-3333, ext 294) con el ingeniero Olman Barboza, pero mi esfuerzo resultó infructuoso.
Ni un tráfico. Esta historia amerita algunas reflexiones: ¿Cómo es posible que en ese trayecto de 60 kilómetros entre Siquirres y Limón, donde las tragedias de tránsito están a la orden del día, no haya habido un solo oficial para detener a ese loco criminal? Evidentemente el sujeto debía saber de la ausencia de inspectores, de lo contrario su comportamiento no tiene explicación. ¿O tendrá alguna? He escuchado el rumor de que algunos comercios de la zona venden a los choferes de estos grandes furgones y tanqueros pastillas para no dormirse en la carretera. Pero, además de evitar el sueño, ¿qué sabemos de otros posibles efectos aceleradores en la personalidad de estos individuos, la mayoría de ellos muy jóvenes? Ambos lados de esta carretera están llenos de casas, comercios, escuelas, talleres, restaurantes, paradas de buses e intersecciones. Es tierra muy habitada, no es un desierto donde la única víctima sería el propio conductor.
Ese modo de conducir en esa carretera de la muerte ha llegado a tal extremo de alucinante perversidad, que se hace imperativo, como parte interesada, la intervención del INS en vista de la inoperancia de la Dirección de Tránsito. Por ejemplo, en lugar de utilizar su tiempo en regalarle a sus agentes de seguros (¡viva el vil monopolio!) miles de millones del dinero de los costarricenses, como lo ha informado la prensa recientemente, deberían organizar seminarios, junto con los funcionarios de Recope, del INA, (se supone que allí imparten cursos para obtener licencias para conducir vehículos pesados), empresarios transportistas y sindicatos de choferes para hacerles pruebas psicológicas a los aspirantes a conducir estos vehículos e impartirles algunas reglas de ética en el manejo y respeto a la vida antes de darles una licencia, que como ahora, equivale a una patente de corso para matar.
Del machete al volante. Al día siguiente, de regreso a San José, estuve detenido una hora en una kilométrica presa en el mismo trayecto Limón-Siquirres porque dos furgones habían colisionado de frente. Cuando finalmente pasé por el sitio del impacto observé a los dos cabezales semidestruidos, pero para desventura de la gente del lugar y de todos los demás, ninguno pertenecía al demente del día anterior.
Algunos de estos jóvenes choferes eran hasta hace poco macheteros en las plantaciones bananeras. A juzgar por el sinnúmero de accidentes fatales, el cambio parece ser psicológicamente demasiado grande para ser asimilado con responsabilidad por los protagonistas de estos desmanes.
Los ticos, conociendo las reglas de este mortífero juego, estamos más o menos preparados para cuidarnos de estos posesos energúmenos; pero ¿cómo harán los turistas extranjeros en carros alquilados para protegerse de estos homicidas?