El 24 de diciembre en la unidad de quemados aún se distribuían regalos a los niños y niñas con caritas de dolor, con manos, piernas y otros miembros deformados por quemaduras. Se observaba incertidumbre en los padres, esperando el veredicto de los médicos para saber si los niños pasarían la Navidad con su familia o si continuarían internados.
David es uno de ellos. La mañana del 14 de diciembre, como de rutina se fue a la escuela, pero esta vez rebosante de felicidad porque se celebraba la fiesta de la alegría. Un "volcán" que explotó en la bolsa izquierda de su pantalón, mientras manipulaba pólvora con sus compañeros, fue el inicio de la tragedia. Hospitalizaciones, injertos, curaciones, dolor, rehabilitación y secuelas. Mientras sus compañeros se graduaban de sexto grado, él estaba postrado en una cama del Hospital Nacional de Niños, con las ilusiones frustradas. No compartió con su familia en Navidad, ni disfrutó del tradicional paseo a la playa.
Compartió dolor y llanto; se unió a la oración de estos niños: "enfermera, doctora, me duele mucho", mientras señalan las vendas blancas sobre los cuerpecitos quemados.
Estos inocentes marcados de por vida vida y sus familias alzan una plegaria a los vendedores de pólvora para que no la vendan a los niños; a los padres de familia para que cambien sus hábitos y apliquen medidas de prevención en el hogar y a los educadores para que enseñen a sus alumnos a prevenir las quemaduras, ya que "un niño quemado queda marcado para siempre".
Unámonos todos a la campaña de prevención de quemaduras a través de la Asociación Pro Ayuda al Niño Quemado, para evitar que nuestros niños se quemen.
(*) Trabajadora social