
¿Por qué la gente cambia de religión?
Los motivos pueden ser tantos como credos existen en este valle de lágrimas. Hay quienes lo hacen molestos con el sacerdote o el pastor; otros aducen que su fe ya no les llena y también conozco casos de personas que alegan la necesidad de rehacer su vida bajo los preceptos de otra doctrina.
Aunque respetable, esta última razón siempre me ha parecido bastante pueril. Porque, generalmente, los que fallan son los feligreses, no los credos. Aparte de las diferencias de dogma y rito, ningún religioso -si de veras está comprometido con su misión espiritual, de redención de las almas- exhorta a su grey a pecar. Por el contrario, tratará de orientarla por la senda recta, agradable a los ojos de Dios y beneficiosa para ella y su prójimo.
Las divergencias han surgido en relación con los caminos para alcanzar esa meta. ¿Cuál religión es la mejor? ¿Cuál tiene la verdad y es más justa?
No hay respuestas satisfactorias a esas preguntas, como tampoco es posible la unanimidad en las posiciones de los hombres sobre otros tantos debates, sean políticos, sociales, científicos, etc.
La intransigencia de aquellos que han querido imponer sus puntos de vista a otros fue la causa de las guerras de religión que asolaron Europa en los siglos XV y XVI, y en nombre de la fe se cometió toda clase de crímenes, tropelías y persecuciones.
Ahora que la presencia de moonies alarma a algunos, es hora de tomar en cuenta que la intolerancia y las medidas de fuerza no llevan a nada bueno. La mejor defensa del catolicismo y otras religiones cristianas está en la solidez de la doctrina y el genuino compromiso de sus fieles.
Si ambas flaquean, los líderes deberán preguntarse por qué y cuánta culpa les corresponde.