Madrid. Henríquez Gratereaux, el brillante ensayista que tanto ha escrito sobre el pesimismo dominicano, ya tiene un buen motivo para comenzar a ver la historia de su país con cierta ilusión: la labor de gobierno del joven abogado Leonel Fernández. Y me lo explicó, entusiasmado, Mario Vargas Llosa, tras un viaje reciente a Santo Domingo, en el que sostuvo una larga conversación con el nuevo Presidente: "es un estadista moderno; entiende la cosa, no se deja confundir por la demagogia populista, y da --además-- la impresión de ser un hombre honrado".
La cosa son esas cuatro o cinco medidas que inevitablemente hay que llevar a cabo para conseguir el desarrollo económico y la disminución de los índices de pobreza: reducir el gasto público para estimular el ahorro y la inversión, privatizar los bienes de producción en manos del Estado, controlar celosamente la emisión de moneda para que no se dispare la inflación, reducir las barreras arancelarias en beneficio del consumidor y del aumento de la productividad, terminar con los subsidios que distorsionan el mercado y sólo consiguen enriquecer a unos pocos alabarderos del poder, y abrirse sin temores a la inversión y la competencia extranjeras.
Simultáneamente, y al margen de su política macroeconómica, Fernández se ha encarado a tres de los más graves problemas sociales e institucionales que aquejan a su país y contribuyen a que sea uno de los más pobres de América Latina: la enorme corrupción, el peso de los militares en la vida pública, y el desorden y la venalidad de los tribunales de justicia. Fernández sabe que sin un Estado de Derecho fuerte y consolidado jamás esa sociedad podrá abandonar la miseria en la que vive el 60 por ciento de la población, porque sólo las naciones estables en las que las leyes se respetan logran ensanchar progresivamente los círculos de la prosperidad.
Pero donde su labor de gobierno se convierte en una hazaña asombrosa, es cuando nos percatamos de que Fernández llegó al poder al frente de una formación política, el Partido de Liberación Dominicano (PLD), que, mientras lo dirigió su fundador, el escritor Juan Bosch, era el clásico manicomio tercermundista latinoamericano, encharcado en todos los disparates ideológicos en boga durante casi todo el siglo XX: antimercado, antioccidental, estatista, visceralmente antiyanqui y partidario de la suicida lucha de clases.
Fernández, sin embargo, consiguió el milagro de transformar al PLD desde dentro, y, casi sin que nadie lo advirtiera, echó por la borda el viejo pensamiento político que lo lastraba, hasta convertirlo en un partido moderno, con ideas modernas, obtenidas de la experiencia práctica de los últimos 25 años en otros lugares del mundo, abandonando para siempre los esquemas marxistoides y populistas que tan mal encajaban en la realidad dominicana. Sólo por haber modificado la naturaleza del PLD, fortaleciendo de paso la democracia y la gobernabilidad dominicanas, merece Fernández pasar a la historia grande de su país.
En realidad el fenómeno dista mucho de ser único. El argentino Ménem hizo algo parecido con el peronismo. Le dio la vuelta y lo convirtió en otra cosa mucho más razonable y prometedora. Carlos Andrés Pérez, en su último gobierno, intentó lo que Américo Martín ha llamado "el gran viraje". Patricio Aylwin, en Chile, y su sucesor, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, se quedaron en la acertada órbita económica impuesta por la dictadura de Pinochet en la segunda mitad de su mandato, renunciando al populismo tradicional socialcristiano. Incluso Fujimori --a quien siempre es necesario recordarle los censurables tintes autoritarios y antiliberales de su gobierno--, tuvo la inteligencia de poner en práctica muchas de las medidas defendidas por su adversario Mario Vargas Llosa, consiguiendo con ello poner fin al desbarajuste legado por Alan García, mientras el PIB del Perú crece a un ritmo que duplica el promedio latinoamericano.
Pero lo terrible de estas admirables rectificaciones es que, casi siempre, ha habido que hacerlas desvirtuando y hasta traicionando el previo discurso político electoral, porque las masas latinoamericanas quieren disfrutar las ventajas del desarrollo y la riqueza, pero no quieren que se les diga que el camino de la prosperidad pasa por la frugalidad, el trabajo intenso, el ahorro, el mercado, la responsabilidad, el estudio, la investigación, el orden y la obediencia a la ley. Como suele afirmar el periodista Alberto Míguez, "quieren la piadosa ceremonia de la misa, pero con sexo, sangre y violencia". Es decir: la cuadratura del círculo.
Y no se trata de que los políticos sean unos cínicos que prometen una cosa y luego llevan a cabo otra muy distinta, sino que sólo hay una manera de gobernar bien, y eso lo descubre cualquier persona inteligente cuando despliega sobre la mesa de trabajo la realidad de los países latinoamericanos y compara, por ejemplo, lo sucedido en Bolivia, Perú, Chile o Argentina cuando se gobernaba con arreglo al viejo pensamiento, y lo que ocurrió cuando se abrió paso el moderno recetario liberal. No es que el ecuatoriano Bucaram haya nombrado asesor a Cavallo por amor a las doctrinas de Hayek y Mises, sino que recuerda perfectamente bien qué ocurrió en los últimos dos años de Alfonsín, y cuál, pese a todo, es el prometedor cuadro argentino de hoy. Es un problema de sentido común, no de ideología.
Es triste que en América Latina el pensamiento nuevo tenga que entrar por la cocina, engañando a los electores con programas de gobierno de corte populista, totalmente contrarios a los intereses de la sociedad, para luego hacer algo totalmente diferente una vez instalados en la casa de gobierno, cuando lo razonable sería navegar francamente bajo la bandera de unas ideas que han sido exitosamente probadas en una docena de países a lo largo del último cuarto de siglo. ¿Cómo se puede proferir un discurso sincero sin ser víctimas de la demonización inmediata? Con una intensa labor pedagógica que --ignoro las razones-- los políticos se niegan a llevar a cabo. Cuando un número significativo de ciudadanos entienda cómo se crea, se conserva o se malgasta la riqueza colectiva, sin duda alguna se alejará de las demagógicas propuestas populistas como del diablo mismo. Pero eso, claro, hay que explicarlo paciente e inteligentemente. Ojalá Fernández, que logró educar a su propio partido, se dé cuenta de que ahora debe educar al resto del país.
(Firmas Press)