Creo que fue Ronald Reagan el autor de aquella frase: “Antes de hablar, quisiera decir unas palabras”. Bueno, todos tenemos derecho a equivocarnos, ¿no? Un primer mandatario también.
Pero, digo yo, ¿no existe cierto límite a los errores presidenciales?; y pienso en W. Bush: ¿no hay, por ahí, en su cercanía, un maestro de inglés?
W. Bush ha hecho, sin duda, un aporte máximo a la historia de las pifias y gazapos verbales, al punto de que son siete ya los libros que recopilan tamaños decires. No únicamente eso: el mercado exhibe alegres camisetas, calendarios, prendedores e inimaginables souvenirs que divulgan el último bushismo (¿no será esta –me pregunto– una manera ingeniosa de reactivar alicaídas industrias?).
Una lista variada. Veamos, por ejemplo, las más recientes ocurrencias del primer inquilino de la Casa Blanca:
“Me siento honrado de estrechar la mano de un bravo ciudadano iraquí a quien Sadam Husein le cortó la mano”.
“La mayor parte de nuestras importaciones llegan desde el exterior”.
“Pasamos mucho tiempo hablando de África, como debemos. África es un país que sufre una enfermedad increíble”.
“Entonces, muchas gracias por hacerme recordar lo importante que es ser buena mamá”.
“Claramente, esto es un presupuesto. Está lleno de números”.
La lista es variada y extensa. ¿Se acuerdan ustedes de un viejo chiste que proclamaba que “la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”? Pues el señor Bush consiguió mejorarlo: “Nuestra nación tiene que juntarse para unirse”.
Me parece, de verdad, que los bushismos no están libres de culpa y cargo. No son meras frivolidades. Porque, juntos y acompañados, tienen la capacidad de dañar no solo al gobierno, sino al pueblo que ahora ríe.
Incluso, amigos, tienen la capacidad de convertir a un país en paisaje.