Es miércoles 21 de agosto de 2002 y, en primera plana de La Nación, el presidente Pacheco despliega una risa amplia, igual que don José Miguel Villalobos a su izquierda, mientras don Helio Fallas, a su derecha, prudente como siempre, trata infructuosamente de cubrir la suya. Creí, al principio, que se trataba de una celebración de los 100 primeros días de gobierno. Pero la nota al pie de la fotografía explicó que la hilaridad surgió de algo dicho por don Abel respecto a “brujas y gnomos”, relacionados con un pospuesto informe sobre acciones cuestionadas de la diputada Liliana Salas... La escena estimula en mi mente dos recuerdos y una reflexión, que voy a compartir.
Bromas y agudezas. El primer recuerdo se refiere a una observación sobre cultura y sociología costarricense. En reuniones de cualquier tipo, nunca falta un intercambio de bromas y agudezas más o menos prolongado, en el cual alguien marca la pauta y los demás siguen con entusiasmo. Se dice que el Presidente es un maestro de ese fenómeno, manejándolo en privado y en público para lograr sus objetivos. Confieso que disfruto esa costumbre; y, aunque no soy experto narrador de chistes o hábil lanzador de chispas humorísticas, suelo dar aportes en la materia en fiestas y otros encuentros informales. No obstante, me descorazona cuando los miembros de órganos colectivos en que participo aplican ese mecanismo para evadir, posponer, diluir o impedir la toma de decisiones y acciones sobre asuntos importantes.
El segundo recuerdo gira en torno a facetas de don Abel Pacheco. Como precandidato y candidato presidencial, frente a Rodolfo Méndez y Rolando Araya, respectivamente, lo comparé –en su favor– con Ronald Reagan contra Jimmy Carter en 1980: figura de abuelo, bonachón, tradicional y de excelente humor; lo cual contrastaba con un oponente mucho más joven, ambicioso, moderno y serio. Era incuestionable su carisma personal, asociado históricamente con los gobernantes costarricenses más apreciados. No obstante, habían tres dudas en torno a él: si había una realidad engañosa y autoritaria tras su imagen diáfana y benévola; si tenía idoneidad ejecutiva para dirigir la solución de los problemas extraordinariamente difíciles e inéditos que afectan el país en lo ético-moral y lo económico-fiscal; si el equipo con que gobernaría, eventualmente, compensaría sus carencias o debilidades personales.
Hasta allí los recuerdos. Ahora, la reflexión. He observado que la risa tiene por lo menos cuatro fuentes: situaciones y acontecimientos inherentemente graciosos; sustos con desenlace afortunado; incertidumbres y expectativas zozobrantes; expresiones de doble sentido, uno manifiesto o usual y otro latente o malicioso. En el primer caso, uno se ríe, ya sea que esté solo o en grupo; en el segundo, la risa ocurre cuando uno está con –o a la vista de– otros, y tiende a disimular la angustia que sufrió; el tercer caso de risa también es un intento de disimular un temor en presencia de otros, pero con el peligro aún vigente; y la cuarta variedad es una especie de felicitación recíproca o concelebración entre miembros de un grupo por su habilidad en captar el doble sentido, prueba de esto es que no se ríen quienes no “entendieron”. La primera risa es transparente; las otras, en cambio, encubren, disimulan y adulan.
¿Cuál habría sido la fuente de risa del Presidente y sus colaboradores? De haberse presentado un gnomo ante la conciencia solitaria de cualquiera de ellos, en una noche de insomnio, ¿hubiera reído? Como no soy psicólogo ni psiquiatra, me pregunto, en resumen: ¿por qué don Abel puso a los otros a reír con él?