Las agresiones del Presidente, el Cardenal, los militares y la prensa nicaragüenses contra Costa Rica y los ticos, a propósito del uso del río San Juan, deben preocuparnos y hacernos reflexionar. Preocuparnos, para que la defensa de nuestros derechos de libre navegación y control fiscal en el río, que son incuestionablemente legítimos y están jurídicamente consolidados conforme a Tratado, laudo y costumbre, no permitan la menor sombra de duda. Y meditar, porque es importante aprender de los destinos de ese país, tan hermoso, tan lleno de poesía y belleza, pero tan transido siempre y por tanto tiempo, de maldades, traiciones y manipulaciones desde la cúpula del poder. En política los maestros negativos -esto es: aquellos que nos enseñan con claridad y precisión lo que NO hay que hacer- pueden ser altamente útiles para la educación democrática.
Estas agresiones de parte del presidente Alemán, rodeado en ello por el muy cristiano y santo Cardenal y un coro de grillos que, entorchados o no, cantan a la luna, es un testimonio más del triste destino que le ha tocado vivir a una gran nación como la nicaragüense. Porque sin ton ni son han arremetido contra Costa Rica, al parecer muy preocupados por una soberanía que a muchos no les importó cuando, para combatir al gobierno de turno, se consideró la posibilidad de diversas formas de intervención extranjera en el país o cuando convirtieron a este en arena de confrontación internacional.
Manía somocista. En un artículo que debería ser de lectura obligatoria para todos nuestros periodistas, pero también para todos los colegios, escuelas, universidades y centros de trabajo del país y que alguien debiera publicar en la prensa nicaragüense, el Lic. Víctor Pérez puntualizó, con base en el Tratado Cañas-Jerez y, sobre todo, el Laudo Cleveland, los derechos inalienables de libre navegación que tiene Costa Rica y el derecho de patrullaje fiscal y de garantía del libre tránsito y comercio que competen a nuestro país.
Pero desde luego, esto no tiene nada que ver con lo que en realidad preocupa a estos sectores exaltados de Nicaragua. Se trata de una vieja manía de sus gobiernos autoritarios, somocistas o no, de provocar incidentes en la frontera para disipar las protestas genuinas del pueblo contra el mal manejo de los asuntos internos, contra la corrupción política y el contubernio real que se denuncia existe entre dirigentes de gobierno y oposición. Esto con el objetivo de seguir medrando a costa de un pueblo burlado (léase piñata); hambreado (mírese la migración masiva a Costa Rica); y empobrecido (recuérdese que para alcanzar los niveles productivos de 1979, Nicaragua deberá esperar hasta el año 2007; ¡y con suerte y sin errores!).
Ola de irresponsabilidad. Desde luego, la peor barbaridad de estos nacionalistas de agua dulce ha sido alimentar una histeria pseudonacionalista contra Costa Rica. Y esa también ha sido la peor mancha del resto de intelectuales, políticos y periodistas que no han sabido plantarse ante la demagogia insostenible y evidente de militares, gobernantes y tonsurados sobre el río San Juan. ¿Cómo es posible que sólo unas pocas y contadas excepciones, que prestigian a su nación y enorgullecen a Centroamérica, hayan salido a enfrentar una ola de irresponsabilidad política y verbal como la que encabeza Alemán, para plantear con fuerza, razón y justicia los problemas reales que se tratan de ocultar con esta tonada inútil de exaltación patria?
Desde luego, en Nicaragua hay muchos que pueden hablar con autoridad moral de nacionalismo, defensa de la soberanía y de la dignidad nacional. Sus trayectorias personales así lo permiten, aunque sus voces, cuerdas, sensatas y fundadas, estén hoy apagadas por el estruendo de ese coro que, a falta de otro pretexto más fácil, claman contra Costa Rica. Pero curiosamente esos auténticos nacionalistas nicas no caen en la histeria que ahora se promueve, comprenden a profundidad los problemas de su país, saben que los destinos de estos dos pueblos están unidos y que todo este barullo por el río San Juan, que nadie quiere quitarle a Nicaragua, sólo pueden dejar daño, pérdidas y resentimientos para todos.
Haciendo sombra. En todo caso, es un hecho que en la clase política nicaragüense no son muchos los que están en esa privilegiada situación que permite hablar en serio de patriotismo. Porque no son pocos los que cargan sobre sus hombros el haber trabajado para la CIA, la Casa Blanca, la KGB, los servicios de Europa del Este, la Seguridad cubana o el Pentágono; y son también muchos los que llevan el peso de haber pedido, de un modo u otro, la intervención de fuerzas extranjeras en su país y contra sus compatriotas.
Por eso esta campaña contra Costa Rica es torpe, se siente falsa, resulta inevitablemente dañina y es totalmente unilateral. Así como los boxeadores para entrenarse se dice que hacen sombra, ensayando a boxear contra ellos mismos por medio de su propia sombra, el presidente Alemán y su coro han terminado haciendo sombra: brincan y dan saltitos a la orilla del San Juan como para medir fuerzas contra sí mismos. Es una mímica pintoresca y ridícula, que raya en lo absurdo y lo risible; y que alcanza su paroxismo cuando el presidente Alemán, en un arrebato de épica locura, ofrece derramar su heroica sangre en la defensa del agua dulce del San Juan; la cual, por cierto, no tiene otras amenazas que no sean aquellas que él y sus adláteres se han inventado. Porque son ellos mismos, y sólo ellos, los que se han fabricado una intención expansiva de Costa Rica; son ellos, y nadie más que ellos, los que buscan una y otra vez agudizar un falso conflicto que sólo existe por su calculada invención.
Cortinas de humo. Todo se resume, pues, en otra ignominiosa manipulación de los sentimientos nacionales del pueblo de Nicaragua, gracias a una clase política que se ha puesto, literalmente, a hacer sombra y a pelear contra molinos de viento, en el afán calculado de distraer a los ciudadanos de sus verdaderos y graves problemas. Mientras tanto, la necia realidad está allí, lacerante y dolorosa: sin cesar, día a día miles de nicaragüenses siguen cruzando el río para este lado de la frontera arrastrando su hambre y desolación; miles de niñas y niños deambulan por las calles de Managua con sus arruinadas vidas sin escuela y sin futuro; miles de campesinos no tienen tierra y carecen de qué comer; y otros tantos trabajadores de la ciudad y el campo se hunden cada vez más en el desempleo y la miseria extrema. Para con ellos no hay preocupación patriótica; ningún valiente político les ofrece derramar la propia sangre; nadie hace nada para que no se vayan y, entre los que mandan, nadie quiere que vuelvan. Arriba en las alturas, mientras tanto, el reparto y el disfrute continúan con total despreocupación por estos compatriotas sin destino.
Soberanía y nacionalismo no consisten en hacer sombra contra peligros y amenazas imaginarias. Menos aún en amagos de violencia y agresión contra un pueblo hermano que, como el costarricense, sólo desea la paz y no pretende apropiarse para sí ni de una gota de agua del río San Juan. Si de veras se tratara de salvar la patria de Sandino -cuya memoria ha servido tanto para un cocido como para un fregado; para una piñata de reparto como para una arriesgada ofrenda presidencial de sangre; para invocar violaciones a los derechos humanos como para una cristiana invocación cardenalicia a agudizar el conflicto-; si de veras se tratara de ser patriotas, pues, lo que deberían hacer estos heroicos caballeros de la clase dirigente nica sería transformarse a sí mismos, actuar con seriedad, asumir sus responsabilidades verdaderas y dejar de una vez y para siempre la demagogia y la charlatanería política.