La expresión la consigno tal cual la oigo todos los días de mi vida: “O sea, ¿me entendés...?”. Manierismo insoportable, exordio a una narración que suele no arrancar nunca, cantinflesca y exasperante posposición del discurso. Para la antología: un día de estos –tomé nota rigurosa del evento– oí a un estudiante universitario comenzar una conversación de la siguiente manera: “O sea, me entendés, idiay, total que a fin de cuentas lo que pasó fue que...”. ¡Incapacidad absoluta para estructurar y formular el pensamiento, atolladero donde las palabras buscan, a tientas y trompicones, el concepto!
Todo plato de babas verbal comienza con el proverbial “o sea”, el engendro lingüístico más irritante en la galería de muletillas que tipifica el hablar del tico. ¿Quiénes necesitan muletas si no son los minusválidos? Pues bien: eso somos los ticos: un paradigma de la minusvalidez y la menesterosidad lingüística. ¿Qué significa eso de comenzar una frase con “o sea”? ¿Cómo iniciar un discurso con una expresión que debería aclarar una proposición previamente enunciada? ¿A quién podría ocurrírsele comenzar el “Pienso, luego existo” con el “luego”? Pero es lo que está de moda, lo que el tico emula por mimetismo camaleónico con su entorno social, por contagio pandémico. La indigencia idiomática es viral: se propaga con inusitada rapidez.
“Maneja a nivel”. Otro caso egregio de inanidad lingüística: los “manejadores” profesionales: “ese maje te maneja la teoría lacaniana de arriba abajo”, “ese maje te maneja valores completamente obsoletos”, “ese maje te maneja las estadísticas del fútbol mejor que nadie”... Dejen de “manejar” tanto, amigos: a las ideas no se las “maneja”, se las entiende en primer lugar, se las coteja y se las refuta si tal cosa procede, ¡pero eso de manejar! ¿Será la aliteración y la eufonía implícitas en los vocablos maneja y maje lo que torna la contigüidad de ambas sonoridades tan frecuente?
Una abominación harto común: los “niveladores” inveterados. Ahí andan todo el tiempo con sus niveles de albañil, verificando que la realidad entera esté correctamente nivelada: “El déficit debe ser considerado a nivel macroeconómico”, “la crisis ha tenido efectos muy serios a nivel familiar”, “Todo anda bien a nivel sexual, pero a nivel afectivo nuestra relación es un desastre”. ¿No se fatigan, señores, de reciclar una misma noción al punto de esterilizarla –el lenguaje se erosiona más rápidamente que los acantilados calcáreos al embate de las olas–, y esto por pura falta de creatividad lingüística?
“Rompiendo esquemas”. Otra expresión sobre la cual debería decretarse indefinida moratoria: “romper esquemas”: “Lo que me gusta de ese cineasta es que te rompe esquemas” ¡De veras! ¿Y es ello necesariamente bueno? La “ruptura de esquemas” no es un mérito per se, como no es tampoco la adhesión a los cánones consagrados un descalificador automático. Cambiemos de ámbito: “¡Vieras que buen sicólogo! Fijate que el chavalo comienza por romperte todos los esquemas”. ¿Ah, sí? ¿Y a nadie se le ha ocurrido pensar que quizás no haya nada inherentemente malo en algunos esquemas, y que muchos de ellos merecen, antes bien, ser preservados? Después de todo, también los peores mistificadores y cretinos de la historia han “roto esquemas”.
Movilicemos de vez en cuando el músculo distrófico de la expresión oral, y no dejemos que la palabra –regurgitada con el acrítico automatismo del loro– piense por nosotros. Costa Rica es un país que no sabe hablar, si no es a través de fórmulas manidas y lugares comunes: “O sea, ¿me entendés?, lo impresionante de ese maje es cómo te maneja el lenguaje cinematográfico y te rompe esquemas a nivel ideológico” (obsérvese el uso de rigor del pronombre personal de segunda persona te: ¡también las habladitas de cafetín tienen su normativa!). Déjense de babosadas, amigos, y vayan mejor a consultar de vez en cuando el Paco y Lola.
Lo trágico del caso –ya lo he dicho antes– es que un país que no sabe hablar tampoco sabe pensar.