Aceptemos la definición de Arquitectura que dice que es el espacio que nos provoca emociones. Hagamos ahora la pregunta sobre cuáles son, en nuestro entorno costarricense, esos espacios que disfrutamos y nos hacen sentir bien. Las respuestas de los estudiantes de Arquitectura son variadas. Cada cual tiene percepciones distintas sobre sus emociones.
Muchos escogen el vestíbulo de los museos de la plaza de la Cultura, un espacio enterrado que sorprende al visitante con un inesperado jardín interior bañado por la luz natural que se filtra desde lo alto provocando una sensación mágica. Pocos estudiantes mencionan el espacio de alguna iglesia pese a que estas han sido diseñadas para transmitir mensajes místicos. Algunos se inclinan por un centro comercial, donde la emoción no es propia del espacio sino de la dinámica del lugar, que no es lo mismo.
Lo más interesante de este ejercicio es descubrir a quienes responden que el espacio que más les provoca emoción es su dormitorio. Allí encuentran su refugio y es el lugar (no el espacio) donde pueden dialogar en paz consigo mismos, donde no hay nada que lo perturbe ni ningún estímulo intruso que lo desvíe de sus pensamientos. Su propia mente es el espacio (no el lugar) de reflexión donde se generan las nuevas ideas. Lo podríamos llamar “nuestro espacio mental”.
Esta actitud, reflexiva e introspectiva, es la base para desarrollar una sensibilidad que ayude a descubrir el potencial emotivo de la Arquitectura. Los estudiantes que eligen el espacio de su dormitorio saldrán de él con la capacidad de observar, distinguir y describir, inherente a todo buen arquitecto.
Observar. Es difícil aceptar que hay gente que no observa detalles de su propia casa, donde ha vivido gran parte de su vida. Su incapacidad perceptiva está ligada a su desinterés por el entorno. Para el caso ensayamos otro ejercicio que consiste en pedirles que mencionen los detalles constructivos o de diseño que les incomodan en sus propias casas o les parecen poco aptos. Esto los obliga a prestar atención a un gran número de incomodidades de las que hasta el momento no han sido conscientes y entonces se dan cuenta cómo los lugares de su vivienda pueden afectarlos negativamente.
El escritor/filósofo suizo Alain de Botton escribió un libro sobre alguno de estos temas. Su obra se llama Arquitectura de la felicidad y en ella asegura que la buena arquitectura propicia la salud mental. Todo período histórico, afirma, tuvo sus estilos propios y en cada uno de ellos, además de la Arquitectura como refugio, se buscaba que los espacios reflejaran el espíritu de la época. Si esto se lograba, el edificio generaba felicidad a sus habitantes.
Tal vez el concepto de felicidad no sea bien aplicado ya que no existe en su conjunto. Podemos sentirnos felices en un momento único y puntual, como cuando nos enfrentamos a un espacio que nos produce un sobresalto. Es el instante que nos emocionamos. La emoción da paso, luego, al estado de ánimo que nos acompaña cada vez que volvemos a enfrentarnos a la obra de arquitectura y nos hace dichosos diariamente si habitamos en ella.
Espacios y carácter. Está comprobado que los buenos espacios mejoran nuestro carácter y nuestra productividad intelectual gracias al tratamiento de la luz, de las proporciones o de los colores. El cliente de un local de hamburguesas no querrá comer a media luz, mas una comida romántica no prosperará bajo un tubo fluorescente.
A la hora de planear nuestras vacaciones algunos elegirán una ciudad, otros preferirán la montaña y muchos la playa. Así como escogemos estos lugares (donde seremos felices por un rato) deberíamos conocer nuestros gustos para elegir el espacio de nuestro diario vivir. Nuestras identidades están conectadas con los espacios más aptos para nosotros. Un monje podrá vivir en una cueva porque su felicidad no radica en la emoción de los espacios. Otra gente necesitará estímulos sensoriales como la luz, el color, la belleza de las formas, la poética, instrumentos por medio de los cuales se recrean los espacios. Esto es lo que nos provoca emociones y nos acerca a la felicidad.