Viva y deje vivir; coma y deje comer; critique y deje criticar. No sufra, don Armando Mayorga, porque algunos no pensemos como usted y nos "atrevamos" a criticar a la implorante Sociedad Interamericana de Prensa.
No sufra porque haya quien crea que lo que escribí merece más difusión. No sufra porque alguien pueda recurrir a los campos pagados a pesar de las exageradas y onerosas tarifas que hacen casi inaccesible la expresión del pensamiento por esta vía. La verdad es que la exclusión es una realidad decretada para muchas personas y entidades en empresas periodísticas. ¿De veras cree usted que su diario habría reproducido gratuitamente mi crítica a la SIP a pedido del Colegio?
Combato la intromisión de la SIP en nuestros asuntos por oficiosa y gratuita, por deformante y por no dirigirse hacia la protección del derecho a la información y el sentido de equilibrio entre informante e informado. Las reformas pendientes a la legislación sobre prensa son asunto nuestro, a decidir sin la intromisión de procónsules ni amos de viejo cuño que desacreditan al país en el exterior con informaciones inexactas.
Hace rato está pendiente la reforma al marco jurídico en puntos concretos por donde se cuelan interpretaciones judiciales restrictivas de este derecho humano. Evidentemente, toda propuesta debe ajustarse a los sanos principios que recogen el artículo 46 de la Constitución Política y la Convención Americana sobre Derechos Humanos. La veracidad de la información, el derecho de rectificación y respuesta, el respeto a la intimidad y a la imagen, la presunción de inocencia, la carga de la prueba a cargo de quien imputa o empaña el honor, la permanencia en sede penal de los delitos de esta especie, creo que son reglas intocables, así le duela a la SIP. Afinar las reglas de la responsabilidad solidaria, el secreto profesional, la sobreexplotación del periodista, el perfeccionamiento de las reglas de la exceptio veritatis , son temas a discutir con amplitud, sin precipitaciones y sin la presión de la tiranía mediática.
La experiencia que he acumulado es suficiente para tener por demostrado que no solo de la ley vienen las restricciones para el periodista. Más grave es la camisa que imponen los centros de poder político y económico y los intereses de los dueños de los medios. Tal vez será necesario que conozca cuántas veces han querido cortarme la lengua, tanto por la presión de los círculos del poder político cuanto por la censura que aplican a su conveniencia las empresas periodísticas.
Cuídese de la intolerancia. Cuídese de las arbitrarias tasaciones. Con ellas, en su artículo, descalifica a indiscutibles y prestigiosos periodistas como Rodrigo Fournier, Enrique Benavides y Joaquín Vargas Gené.
(*) Abogado y periodista