Ante el debate que ha suscitado el apellido del anticlerical y liberal Rafael Iglesias, apellido que escribí con Y en mi novela El Año del Laberinto , debo confesar que como encontré Yglesias en la documentación consultada, elegí esa forma con el solo propósito de diferenciarlo de la Iglesia católica.
Y ya que estoy aquí, vale la pena agradecerle a mi querido amigo don Manuel Formoso su generoso comentario ( La Nación , 15/7/00) a mi novela. Don Manuel fue uno de los garantes de mi carta de naturalización, junto con don Claudio Gutiérrez Carranza, don Isaac Felipe Azofeifa y don Luis Fernando Sibaja. Con "padrinos" de tan destacada trayectoria intelectual, se puede decir que tengo una ciudadanía de lujo.
Entre los "lunares" que (por no haber nacido yo en Costa Rica) don Manuel me señala, estaría la escena del tren, incompatible con la falta de "intensidad" del costarricense. Pues sí. Tal vez. Cuando un tico mata a martillazos a su mujer deberían atenuarle la condena porque lo hizo con baja intensidad.
Don Manuel dice que mi novela está "salpicada" de historia. Después de cinco años de investigación archivística, periodística, documental, bibliográfica, oral y hasta un viaje especial que hice a Santiago de Cuba, creo que lo que escribí se parece bastante a una novela histórica.
En cuanto a que Ricardo Jiménez jamás hubiera osado mencionar públicamente a la mujer que amó por el apodo de La Cucaracha , por lo menos en mi novela no lo hace. Pero, a juzgar por el desafiante espíritu socarrón de don Ricardo, ¿quién quita que en la intimidad la haya llamado, cariñosamente, "mi cucarachita mandinga"?
Pues es precisamente en la posibilidad de lo posible donde encuentra su nicho la novela histórica. El escritor dice lo que el historiador barrunta pero no se atreve a decir. De esta audacia deriva la ficción y esta no tiene nada que ver con nacer aquí o allá: Shakespeare no nació en Verona, ni Yourcenar en Roma, ni Washington Irving en Andalucía...
(*) Escritora