La Iglesia es apostólica porque está edificada sobre el “fundamento de los apóstoles” (Ef 2,20), transmite sus enseñanzas (IITm1, 13-14) y “sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos” (Catecismo de la Iglesia #857).
Jesucristo, cuando comenzó su ministerio público, eligió a 12 discípulos para que le acompañaran en su ministerio y luego los envió en su nombre para que continuaran la obra que él comenzó. Los apóstoles nos transmiten la voluntad del Divino Salvador: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn20,21). Y al ir los doce en nombre del Señor, también poseen la misión de representarlo: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe” (Mt10,40). Y les prometió que estaría con ellos hasta el final de los tiempos (Mt28,20). La función de los epískopos (obispos) en las comunidades fundadas por Pablo, Bernabé, Timoteo y Juan, eran las de supervisores, vigilantes y, además, aparecen como los responsables de la comunidad ( Fil 1,1).
La sucesión apostólica aparece tratada por testimonios muy antiguos, como es la Carta de Clemente Romano a los Corintios, (h 95 DC), Puesto que por esta causa tuvieron un perfecto conocimiento, establecieron a los ya mencionados y después dieron norma para que, si morían, otros hombres probados recibiesen en sucesión su ministerio. ( Cor 44,2)
En las cartas de san Ignacio de Antioquía que escribió cuando se dirigía al martirio en Roma (h 110 DC), se perfila más claramente el oficio y el lugar que tenían estos ministros.
Oración y acción. Escribía a los Tralianos: Recíprocamente reverencien al obispo que es figura del Padre... Sin aquellos no existe la Iglesia(3,1). Les insistía en la obediencia que se debía a los obispos pues eran los representantes de Dios. Sin duda el texto más importante de Ignacio es el escrito a la Iglesia de Esmirna: Nada de lo que atañe a la Iglesia lo hagáis sin el obispo... Donde aparezca el obispo, esté allí la comunidad, así como donde esté Jesucristo, allí está la Iglesia católica. (VIII,1.2)
En el siglo VI, la figura del obispo en el pensamiento del papa san Gregorio Magno es la de un hombre misericordioso de oración y acción: El pastor debe ser cercano por la compasión con cada uno y destacado sobre todos en la contemplación. (Regla Pastoral ). Estos testimonios son una pequeña muestra de la conciencia progresiva que ha tenido la comunidad eclesial –desde sus orígenes–, de la misión y función de los obispos. Y llega a consolidarse doctrinalmente en la tradición y en el magisterio de la Iglesia hasta nuestros días.
La Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium #23 enseña: Los obispos son el principio y fundamento visible de unidad en sus iglesias particulares. Continúa diciendo: Cada uno de los obispos que es puesto al frente de una Iglesia particular ejerce su poder pastoral sobre la porción del pueblo de Dios a él encomendada. Y como deberes fundamentales de los pastores de la Iglesia están: promover y defender la unidad de la fe y la disciplina común de toda la Iglesia, instruir a los fieles en el amor de todo el cuerpo místico de Cristo, especialmente de los miembros pobres, de los que sufren y de los que son perseguidos por la justicia ; promover en fin toda actividad que sea común a toda la Iglesia, particularmente en orden a la dilatación de la fe y a la difusión de la luz de la verdad plena entre todos los hombres.
Al servicio del pueblo. El “poder pastoral” consiste en servir, es decir, tener la facultad ( ministerio) por el carisma del Espíritu Santo recibido, de estar completamente al servicio del pueblo de Dios: enseñándolo, santificándolo y gobernándolo. Es el predicador e intérprete del Evangelio, el administrador de la gracia del sumo sacerdocio y el buen pastor que apacienta y cuida a su rebaño, a imagen de Cristo Buen Pastor. Las insignias del obispo corresponden a esta misión de servicio: anillo (unión nupcial con la Iglesia), báculo (cayado del pastor), la mitra y la cruz pectoral. Algún resabio de la época constantiniana queda todavía por ser renovado según el espíritu del Concilio Vaticano II.
La Sede Apostólica, al designar a un nuevo arzobispo para la sede metropolitana de San José, a Mons. Hugo Barrantes, debe suscitar en la sociedad costarricense, más allá de los límites de la Iglesia, una esperanza fundada pues los obispos: con su trato y su trabajo pastoral diario exponen al mundo el rostro de la Iglesia… Con su vida y con sus palabras, ayudados por los religiosos y por sus fieles, demuestren que la Iglesia, aun por su sola presencia, portadora de todos sus dones, es fuente inagotable de las virtudes de que tan necesitado anda el mundo de hoy. ( La Iglesia en el Mundo #43). Este es el sentido de su lema Rema mar adentro y de sus palabras al publicarse el nombramiento: la Iglesia saldrá a las calles, en sintonía con las enseñanzas de Juan Pablo II y Gregorio Magno.
A monseñor Hugo, nacido en el valle de El General, forjado humana y sacerdotalmente en tierras puntarenenses y josefinas, lo acogemos como apóstol de Cristo. Hacemos nuestra la plegaria litúrgica: al pastor no le falte la obediencia de los fieles, y a los fieles no les falte el cuidado del pastor.