
Este Gobierno da pena por la ineptitud de algunos jerarcas y las instituciones que dirigen: ahora, resulta que ni siquiera son capaces de invertir el dinero que tienen presupuestado para los más pobres, porque lo engavetaron.
El año pasado, ¢17.500 millones para los pobres, y de los pobres, se quedaron guardados.
Es vergonzoso que esto ocurra en el "gobierno para los pobres", como lo definió Abel Pacheco desde un principio.
Indigna que, a estas alturas, el Presidente no haya llamado a cuentas a sus subalternos ante semejante insensibilidad.
Tuvo que ser la Contraloría de la República la que pegara el grito para que estos señores y señoras hagan su trabajo. El Presidente "de los pobres": ausente.
El engavetamiento es coincidente con el aumento en la pobreza. Justo el año pasado el número de hogares pobres subió en 40.000, para un total de 209.000 (21,7% de la población).
Uno es el de José Ángel López, en La Cananga de Nicoya, quien el domingo contó en este diario que gana ¢40.000 al mes como jornalero y con ese ingreso "medio comen" su esposa y cuatro hijos. La menor, Jessica, no estudia por que no hay plata. ¿Y la engavetada por los jerarcas del IMAS, JPS, PANI, Inamu, Conapam, Desaf, Pronamype y el Fideicomiso del IMAS?
La deshumanización del Estado y sus altos y bajos jerarcas está a la vista, porque don José Ángel contó que el año pasado fue cuatro veces al IMAS a pedir ayuda y la respuesta fue "no".
Esa abulia con que instituciones y jerarcas miran las necesidades del pueblo, la retratan otros casos de engavetamiento.
Mientras los 177.000 habitantes de cinco cantones de la zona sur sufren pobreza y desempleo, la Junta de Desarrollo Regional de la Zona Sur (Judesur) engavetó ¢10.000 millones.
Mientras los ticos nos ahogamos en basura porque las municipalidades no tienen plata para comprar recolectores, el Instituto de Fomento Municipal engavetó, el año pasado, ¢4.000 millones destinados a créditos.
Mientras Jessica, la hija de don José Ángel, no puede estudiar, el Fondo Nacional de Becas, adscrito al MEP, tuvo un superávit de ¢1.231 millones en los últimos cuatro años.
Estamos, entonces, ante entidades y jerarcas insensibles, torpes, y un Presidente que olvidó llamarlos a rendir cuentas, y menos mandarlos a engavetar por la frescura con que miran la penuria ajena.