
En la incertidumbre reinante en los pocos años que faltan para el fenecimiento del siglo XX, cuando los valores fundamentales anochecen y los principios cardinales de antaño se trastocan, indago sobre los finales de otras centurias en busca de certeza y luz. Extraña coincidencia: en la última década que antecedió al nacimiento de esta centuria que acaba, el desconcierto fue similar. Algunos eruditos perciben lentos pero profundos movimientos subterráneos -intangibles para las mentes realistas-, similares a los actuales que poco a poco minan las ideologías imperantes, hasta que estallan en un solo día anunciando la alborada del futuro.
La comparación irradia semejanzas, aunque la inmensa mayoría de los hombres viven como murciélagos -a media luz-, percibiendo la problemática de su época únicamente a través de simples y tangenciales reflejos.
Al siglo XIX lo dividen en tres partes, y al nuestro bien podría hacérsele igual fraccionamiento. La mañana fue romántica y revolucionaria, de grandes sublevaciones intelectuales y creatividad teñida de tempestades y pasiones. Las viejas amarras se soltaron repentinamente de 1789 a 1848, luego de la Revolución francesa y los inicios del socialismo. Así ocurrió también, después del colapso de 1914 y el desafío de 1917.
En los inicios, la originalidad irrumpió destrozando el pasado en todos los niveles. Claude Debussy e Igor Stravinsky, para citar solo dos, cambiaron los esquemas musicales y hasta inyectaron en el terreno otrora sagrado, tonadas populares y desconcertantes ritmos africanos. Picasso y Braque inauguraron nuevos conceptos pictóricos, diferentes e insólitos. Y en el pensamiento político y social, retando a la Revolución Industrial y al anhelado progreso del capitalismo, el efímero triunfo de Marx bajo el brazo de Lenin y Rusia le dieron un viraje total al mundo. A la vez, Sigmund Freud descubrió los ocultos laberintos de la mente humana.
En el mediodía del antecesor, luego del colapso de 1848 volvió la calma, como en este que ahora vivimos que, a partir del triunfo de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra Mundial, creyó ingenuamente en el ficticio éxito del sistema occidental pese a las tensiones de la guerra fría. Pero sigilosamente en ambos ocurrieron fenómenos impredecibles, como los movimientos de la población trasladándose del campo a la ciudad -masas urbanas hormigueantes y desarraigadas-, los inmensos adelantos tecnológicos pero, paradójicamente, a la sociedad la invadió un extraño vacío espiritual que distanció a intelectuales, artistas y políticos del resto de sus semejantes, violentando los tranquilos resabios victorianos aún imperantes.
Demoliendo mitos y sueños, el consejo de Benedetto Croce ayuda en el diagnóstico: en ocasiones el espíritu de una época se percibe mejor en pensadores o talantes populares de segunda categoría pues, a manera de eco o caricatura, sintetizan las realidades más connotadas. En el siglo XIX, en Gran Bretaña, el alto refinamiento de Oxford y Cambridge tuvo por fin que mezclarse, y transformarse también al contacto con la baja cultura del teatro de variedades y el pub inglés, como ahora beatniks, hippies, cine y televisión devastan anhelos y dogmas de la civilización de las grandes potencias, fortaleciendo así un sincretismo democrático que agudamente critica y ridiculiza credos dominantes.
Al ocultarse el sol en este paisaje de posguerra, con la firme creencia en el aniquilamiento de los totalitarismos políticos y económicos imperantes en otros períodos, se descubre con estupor que se están esfumando los valores pese a la derrota de Hitler y Stalin, mientras brotan los sutiles e íntimos cuestionamientos e interrogantes de la rebelión de Jean Paul Sartre y Alberto Camus al resucitar el mito de Sísifo, inmerso contradictoriamente en un supuesto progreso espiritual y material, resquebrajado por la popularización de las obras del filósofo español Fernando Zavater, y las canciones del rockero Joaquín Sabina.
Inusitadamente, pese a la certidumbre en su abolición definitiva, retornan con saña olvidadas guerras religiosas y luchas sangrientas entre las diferentes etnias, en tanto que el exceso de modernización y prosperidad en el sector más civilizado -las sociedades industriales-, convierte a los ciudadanos en seres confusos víctimas de un exceso de ideas y conocimientos, los cuales ya no pueden ni comprender ni controlar acentuando así el caos y el extravío.
Cae la noche sobre el siglo XX, en las nebulosas sombras de un amanecer incierto, y renace la interrogante que desvelaba al místico filósofo ruso Nikolai Berdiaev, fallecido en plena mitad de este siglo: ¿Vamos hacia la penumbra de una nueva Edad Media?